sábado, 19 de septiembre de 2026

El hombre que pudo reinar

Íbamos a ser los nuevos Godars, los nuevos Kurosawas. Y Francis iba a guiarnos.

JOHN MILIUS

I

Jakob se volvió hacia Francis y le dijo, una y otra vez: “Francis, ahora todo depende de ti; eres el único”. Como si Coppola, el último hombre en pie, hubiera heredado la obligación histórica del Nuevo Hollywood: convertir en obra de arte del cine el acontecimiento histórico clave de su generación. Como no era típico de él lavarse las manos y quedarse al margen de la historia, Francis abrazó de buen grado sus destino; al fin y al cabo, si no lo hacía él, ¿quién iba a hacerlo? Él les había enseñado el camino; toda su carrera sólo había sido un preámbulo a este proyecto, que, en efecto, combinaba sus dotes de showman, productor y artista. Con todo, era una carga muy pesada. Francis la asumió, […] nunca volvió a ser el mismo. […]

II

El padrino dio en un punto neurálgico cultural. Cada cual la interpretó a su manera, lo cual, como los expertos en marketing no tardaron en darse cuenta, es condición sine qua non para conseguir un éxito de taquilla o un best-seller. Por un lado, en gran medida era una película de los sesenta. Estrenada justo antes del Watergate, la brillante primera escena en la que la maciza cabeza de Brando emerge poco a poco de la oscuridad mientras la cámara retrocede despacio y Bonasera, el panadero, le pide al Padrino que vengue a su hija violada, sienta la premisa de que el sueño americano ha fracasado, de que el crisol cultural es una ilusión, de que los pobres están atrapados en el escalón más bajo de un sistema injusto. La mafia hace lo que el Gobierno no hace: justicia simple y una versión del bienestar para las clases bajas, un sistema de valores propio del Viejo Mundo que amortigua el choque del capitalismo. Igual que Bonnie y Clyde y Easy Ryder (En busca de mi destino), El padrino era una crítica a los valores de la generación del padre. Coppola comparó a Corleone con Nixon: comenzó como un idealista, distanciándose de la “Familia”, y terminó abrazando sus valores y copiándolos. […]

III

Había realizado el sueño de todos los directores jóvenes: un éxito espectacular en un género establecido mientras se las ingeniaba para mantener su personal manera de hacer cine y, lo que es más, combinando ambas cosas en su arriesgada continuación de El padrino. Es justo decir que no hay otra figura, ni siquiera Welles en su momento más grandioso, ni Spielberg en la cumbre de su carrera, que recibiese los elogios que llovieron sobre Coppola. Ni las desmesuradas fantasías del niño poliomielítico podían igualar lo alcanzado en la realidad. Coppola ya tenía treinta y cinco años; el movimiento juvenil ya había alcanzado la mayoría de edad. […]

IV

Coppola no volvió a hacer una sola película comparable a las obras maestras de los setenta. Una vez dijo que el hombre que hizo los Padrinos había muerto en la jungla, y tal vez tenía razón. Dice el productor Al Ruddy, que observaba la carrera del director a distancia después de la pelea que habían tenido por El padrino: “Antes de El padrino, no era nadie. Después fue uno de los directores más importantes del mundo. Nadie está preparado para un viaje tan pesado. Estaba muy obsesionado con ser un hombre como Charlie Bluhdorn. Perdió parte de su foco de atención, y fue otro ejemplo de director destrozado por creerse que vivía en una película”. […]

(Peter Biskind. Moteros tranquilos, toros salvajes. La generación que cambió Hollywood. Traducción de Daniel Najmías. Barcelona, Anagrama, 2025)

V

Padre y yo os echaremos de menos en el cielo.

(En una carta a sus hijos la madre de Paul y Leonard Schrader)

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