En castellano, como en las demás lenguas románicas, contamos
con el denominado “plural expresivo”, una figura lingüística que denota énfasis
y cortesía; que tiene, por tanto, un valor más cualitativo que cuantitativo, y
que a veces, porque queremos o por lo que sea, puede expresar pura felicidad. Comunica
anhelos y sentimientos; puede mejorar nuestras vidas, e incluso les diría, si
me apuran y me lo permiten, que hasta nos dota de una cierta profundidad. Decimos
“muchas gracias” y no “mucha gracia”; decimos “saludos cordiales” y no “saludo
cordial”; decimos “felices fiestas” y no “feliz fiesta”, decimos “felicidades”
y no “felicidad”. Solemos “hacer las paces” con cierta frecuencia (menos mal); algunos
se atreven a “cambiar de aires”, y a otros, mientras cambiamos de aires, nos da
tiempo a quedar con los amigos para ver “los mundiales”, y nunca para ver "el
mundial". Los más afortunados celebran “las bodas de oro”; los menos afortunados
escuchan “mis más sinceras condolencias” cuando les ha abandonado la felicidad… Por
favor, volvamos a darnos los “buenos días”, las “buenas tardes”, las “buenas
noches”. Querámonos y respetémonos un poquito más. “Muchas gracias”. “Saludos
cordiales”. “Buenas noches”.
[El motivo primero de este texto es que me resultan inapropiadas –no me extenderé sobre los porqués- expresiones tales “buen día”, “buena tarde” o “buena noche”]

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