Fernando Nombela
domingo, 26 de abril de 2026
El arte y la magia de la actuación: Héctor Alterio
jueves, 23 de abril de 2026
No te enamores de una mujer que lee
de una mujer que siente demasiado,
de una mujer que escribe.
No te enamores de una mujer culta,
maga, delirante, loca.
No te enamores de una mujer que piensa, que sabe
lo que sabe y además sabe volar;
una mujer segura de sí misma.
No te enamores de una mujer que se ríe o llora
haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu
su carne; y mucho menos de una que ame la poesía
(esas son las más peligrosas), o que se quede
media hora contemplando una pintura
y no sepa vivir sin la música.
No te enamores de una mujer a la que le interese
la política y que sea rebelde y vertigue
un inmenso horror por las injusticias.
Una a la que le gusten los juegos de fútbol
y de pelota y no le guste para nada ver televisión.
Ni de una mujer que es bella
sin importar las características
de su cara y de su cuerpo.
No te enamores de una mujer intensa, lúdica y lúcida
e irreverente. No quieras enamorarte de una mujer así.
Porque cuando te enamoras de una mujer como ésa,
se quede ella contigo o no, te ame ella o no,
de ella, de una mujer así, jamás se regresa.
(Martha Rivera-Garrido. Alfabeto
de agua. Poesía reunida 1985–2013. Santo Domingo, Ediciones Ferilibro,
2014)
Feliz Día del Libro
viernes, 17 de abril de 2026
jueves, 16 de abril de 2026
miércoles, 15 de abril de 2026
Tres poemas de Sohrab Sepehrí
venid, pues, lenta y suavemente para que no se raye
la porcelana de mi soledad.
sábado, 11 de abril de 2026
jueves, 9 de abril de 2026
La Pili
(Fernando Nombela. Gente con la que me cruzo por la calle un día sí y otro tampoco. Imagen: Calle Doña Teresa Enríquez, Torrijos, Toledo)
lunes, 6 de abril de 2026
Lunes de Pascua
Pasear durante una hora deseando ver amanecer.
Desayunar café con leche y unas tostadas con mermelada
de melocotón y arándanos, mientras contemplo el amanecer.
Echar cuenta de los meses que llevo sin fumarme un
cigarrillo.
Soñar que soy un fumador de opio en el Londres de 1900 y que
puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pasarme horas releyendo 2666
de Roberto Bolaño
y redescubrir a un narrador absolutamente prodigioso.
Estrenar una pluma que me regalaron hace mil años
–antes de ayer compré cartuchos de tinta- y en un papelico
que andaba por ahí escribir “Te quiero” y firmar como
Fernando.
Unos spaguetti al
pomodoro que me han recordado a La Mancha.
Ver otra vez Toro
salvaje de Scorsese y quedarme noqueado.
La versión que Julian Lage hace de la canción I´II Be Seeing
You
que Billie Holiday hizo suya, y que he escuchado tantas veces.
Pensar que Billie Holiday podría haber sido el amor de mi
vida.
(Daría mi vida entera por haber podido estrechar su mano;
necesitaría otra vida entera para poder mirarle a los ojos).
Asearme, afeitarme, perfumarme, trajearme, limarme las uñas:
esta tarde voy a comerme la última naranja de la temporada.
Bajar la basura y coincidir y conversar con una vecina.
Cenar pan con tomate y con jamón del bueno y con aceite de
oliva.
Meterme en la cama, arroparme, apagar la luz, tener miedo,
sentirme solo, y de pronto darme cuenta de que mis piernas
y los dedos de mis pies se mueven como cuando era un niño.
Ver los ojos rebosantes de bondad y de ternura de mi abuelo
José.
Contarme un cuento. Jugar con las palabras. Morirme de risa.
Llegar a la conclusión irrefutable y extrañamente hermosa
de que el mundo y la vida y yo mismo somos una pura tontería.
(Fotografía de Hannes Caspar)
miércoles, 1 de abril de 2026
Cristo en la cruz
Los tres maderos son de igual altura.
Cristo no está en el medio. Es el tercero.
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío. No lo veo
y seguiré buscándolo hasta el día
último de mis pasos por la tierra.
El hombre quebrantado sufre y calla.
La corona de espinas lo lastima.
No lo alcanza la befa de la plebe
que ha visto su agonía tantas veces.
La suya o la de otro. Da lo mismo.
Cristo en la cruz. Desordenadamente
piensa en el reino que tal vez lo espera,
piensa en una mujer que no fue suya.
No le está dado ver la teología,
la indescifrable Trinidad, los gnósticos,
las catedrales, la navaja de Occam,
la púrpura, la mitra, la liturgia,
la conversión de Guthrum por la espada,
la Inquisición, la sangre de los mártires;
las atroces Cruzadas, Juana de Arco,
el Vaticano que bendice ejércitos.
Sabe que no es un dios y que es un hombre
que muere con el día. No le importa.
Le importa el duro hierro de los clavos.
No es un romano. No es un griego. Gime.
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
El alma busca el fin, apresurada.
Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.
Anda una mosca por la carne quieta.
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?
(Jorge Luis Borges. Los conjurados. Madrid, Alianza Editorial, 1985. Imagen: “Cristo crucificado”, o “Cristo de San Plácido”, de Diego Velázquez, hacia 1632, Museo del Prado)
¿DE QUÉ PUEDE SERVIRME QUE AQUEL HOMBRE
HAYA SUFRIDO, SI YO SUFRO AHORA?
martes, 31 de marzo de 2026
La madre del hijo del carpintero
La madre del hijo del carpintero
sufre como sólo puede sufrir
una madre que ve morir a su hijo.
El dolor de una madre que ve a su hijo morir
es un dolor que nadie ha de tocar ni podrá sentir;
inconsolable e inmaculado, es un dolor infinito.
El dolor de la madre que ha visto a su hijo morir
está muy por encima de las leyes que rigen el universo.
El dolor de una madre que ha visto a su hijo morir
no es ni estará ni está ni será nunca de este mundo.
La madre del hijo del carpintero
sufre como sólo puede sufrir
una madre que ve morir a su hijo.
(FN)
(Imagen de Gaza)


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