domingo, 5 de febrero de 2017

Habladles de batallas, de reyes y elefantes


Tu ebriedad es tan dulce que me aturde.
Respiras suavemente. Estás viva. Me encantaría pasar a tu lado del mundo, ver en tus sueños. ¿Sueñas con un amor blanco, frágil, allá, tan lejos? ¿Con una infancia, con un palacio perdido? Sé que ahí no tengo sitio. Que ninguno de nosotros tendrá sitio. Estás cerrada tras un caparazón. Sin embargo no te costaría abrirte, una grieta minúscula por la que se abismaría la vida. Adivino tu destino. Te quedarás en la luz, te ensalzarán, serás rica. Tu nombre inmenso cual fortaleza nos disminuirá en su sombra. Lo que has visto aquí se perderá en el olvido. Estos instantes desaparecerán. Tú misma olvidarás mi voz, el cuerpo que has deseado, tus temblores, tus titubeos. Me gustaría tanto que conservaras algo. Que te llevases una parte de mí. Que mi país lejano calase en ti. No un vano recuerdo ni una imagen, sino la energía de una estrella, su vibración en la oscuridad. Una verdad. Sé que los hombres son niños que ahuyentan su desesperanza con la ira, su miedo en el amor; en el vacío, al que responden construyendo castillos y templos. Se aferran a los relatos, los ponen por delante como estandartes; cada uno hace suya una historia para inscribirse en la multitud que la comparte. Se los conquista hablándoles de batallas, de reyes, de elefantes y de seres maravillosos; contándoles la bondad que habrá más allá de la muerte, la intensa luz que presidió su nacimiento, los ángeles que lo acompañan, los demonios que lo amenazan, y el amor, el amor, esa promesa de olvido y de saciedad. Habladles de todo eso, y os amarán; harán de ti la igual de un dios. Pero tú sabrás, puesto que estás aquí contra mi cuerpo, que todo eso no es más que un velo perfumado que esconde el eterno dolor de la noche.

(Mathias Enard. Habladles de batallas, de reyes y elefantes. Traducción de Robert Juan-Cantavella. Barcelona, Mondadori, 2011. Imagen: View of Constantinople by moonlight de Ivan Konstantinovich Aivazovsky, 1846)

La noche
no conduce al día.
Arde en él.
Al alba
la llevan a la hoguera.
Y con ella a sus gentes,
los bebedores,
los poetas,
los amantes.