miércoles, 14 de septiembre de 2016

A un emperador


Predicaba en el fondo morir
antes de la hora fijada por el hado.
¿Pero fue distinto
a los otros emperadores?
Tampoco es seguro
que conociera la dicha.
Tal vez para eso
es necesario el candor
que hace posible a la alegría.
Ella, digámoslo de paso,
está fuera del tiempo,
que como a todos los hombres
lo dominaba a él.

Tuvo la precaución muy sabia
de no hablar de Dios, sino
de la mente gobernadora del universo,
algo más impersonal,
sin dejar de rendir tributo a los dioses.
Como todos los emperadores
es probable que tuviese por locos a los cristianos.
Se sabe que debió usar su amada razón
para soportar a su esposa
pero eso a veces no basta.

Obedecía anuente, sin reticencia, al destino,
no se consideraba dueño de nada,
sólo de sí lo era,
si hemos de creer en su libro.
Custodiaba lo recibido, no lo destruía.
Antes que optar por la venganza
prefería perdonar a los que se revelaban contra él.
Nunca usó el lenguaje para encubrir
la realidad o superponerle otra.
Pensaba que los cambios debían ocurrir,
cuando el tiempo lo ordenara,
no quiso señalarse por hacerlos.
Comandaba las tropas del Imperio.
Como guerrero jamás rehusó combatir
a los que intentaban violar sus fronteras,
y sus órdenes no olvidaban la piedad.
Como estoico, era austero,
no disfrutaba del circo, pero tenía esclavos.
Su filosofía era para sus momentos íntimos
cuando a solas anotaba
en la rica lengua griega sus reflexiones.
Seguramente así sentía que era otro.

Demasiada adustez
para una sola vida.
Tal vez sea ese el modo
de alcanzar una existencia sosegada
en un mundo que zozobra.

Pero nada que se diga contra él
impedirá que su pensamiento nos apacigüe.

(Rafael Cadenas. En torno a Basho y otros asuntos.
Valencia, Pre-Textos, col. La Cruz del Sur, 1378, 2016)