sábado, 30 de julio de 2016

El arte de desaparecer (y XI)


(Donde habla un joven literatoso, ingenuo, confiado. Sin embargo, con toda la experiencia del mundo. No obstante tierno, esperanzoso, equivocado. Nunca hubiera imaginado el Infierno por venir. Menudo imbécil. Lo que en verdad significa desaparecer)

(8 de julio de 2006) 

Escribes para desaparecer. 
  
Amabas la libertad que otorga el anonimato,    
ningún traje le vino tan bien a una timidez exacerbada,    
extremada discreción que vistiera al poeta. 
  
Ardías en el fulgor mental de las preguntas esenciales,    
lumen enraizado que daba a tu carne    
acceso al temblor y la fiebre. 

La interrogación tierra adentro. 
  
Como el invierno un jardín de hielo,    
has cultivado tu desaparición,    
sin evitar el aprendizaje íntimo    
de las desapariciones ajenas. 
  
Para la resurrección de la carne,    
la disolución de tu alma,    
su permanencia.  
  
Escribes para desaparecer. 
  
Para desaparecer escribes    
la pasión inútil de escribir    
escribiéndote.       

Escritura    
sobre escritura. 
      
Reescritura.  
  
Veladura de palabras. 
  
Paradoja que no es: desapareces escribiéndote. 

La ambigüedad, temperatura. Sangre. 
  
En la doblez te yergues, vulnerable,   
y la noche pronuncia tu nombre:   
nadie. 

(Esta manera de estar en el mundo: no estando.
Sin estar ni bien estar, contra cualquier estado.
Escribir, desaparecer. Escribir. Así 

(Soñé la muerte y otros poetas. Madrid, El sastre de Apollinaire, 2011)