jueves, 16 de junio de 2016

Unas macetas de amarillo


No tengo para ver sólo los ojos.
Para ver tengo al lado como un ángel,
que me dice, despacio, esto o lo otro,
aquí o allí, encima o más abajo.
Siempre soy el que ve lo que ya ha visto,
lo que ha tocado ya, lo que conoce,
no me puedo morir porque ya tengo
la muerte atrás, vestida como novia.
Voy entrando, de a poco, en lo que es mío,
en lo que ya fue, en lo que me nombra,
campos azules y altos hasta el pecho,
con el machete centelleante y rápido.
Veo cómo comienzan las naranjas
a nadar por el aire, a perfumarlo,
girando velozmente en sus semillas.
Veo moverse ese árbol, luego el otro,
pierdo el sentido de mirar la vida,
me lleva el mar, el pecho hacia lo alto,
muevo el cielo en el puño como un poncho.
Me quieren despertar y estoy despierto,
no me pueden tocar, me aman, me gritan,
me lloran como a un muerto y estoy libre.
Yo puedo separar filo y cuchillo,
guardar el uno y arrojar el otro,
terminar con un truco la semana,
pintar una macetas de amarillo.
Yo tengo como un ángel que me dice
aquí o allí, más cerca todavía,
habla, calla, resiste, estira el brazo,
toca despacio todo lo que es tuyo.

(Héctor Viel Temperley. El nadador (1967), en Obra completa. Madrid, Amargord, col. Transatlática, 23, 2013. Incluye trabajos de Fernando Sánchez Sorondo, Enrique Molina, Eduardo Milán y Santiago Sylvester)

El verano en que resucitemos tendrá un molino cerca
con un chorro blanquísimo sepultado en la vena.
(Héctor Viel Temperley)