domingo, 5 de abril de 2015

Eros


Había acercado la silla a la ventana del hotel, para mirar la lluvia.
Estaba en una suerte de sueño o trance…
enamorada, y sin embargo
nada quería.
Tocarte parecía innecesario, volver a verte.
Sólo quería esto:
la habitación, la silla, el sonido de la lluvia al caer,
hora tras hora, en la tibieza de la noche de primavera.
No necesitaba nada más; estaba completamente saciada.
Mi corazón se había vuelto pequeño, se colmaba con muy poco.
Miré la lluvia que caía en una densa cortina sobre la ciudad oscurecida…
Nada de esto te concernía; podía dejarte vivir
tal como necesitaras vivir.
Al amanecer cesó la lluvia. Hice las cosas
que se hacen de día, me puse en movimiento,
pero como una sonámbula.
Había bastado y ya no era cosa tuya.
Unos pocos días en una ciudad desconocida.
Una conversación, el roce de una mano.
Y después, me quité mi alianza de matrimonio.
Eso era lo que quería: estar desnuda.

(Louise Glück. Las siete edades. Traducción de Mirta Rosenberg.
Valencia, Pre-Textos, col. La Cruz del Sur, 1106, 2011)