jueves, 29 de enero de 2015

Retórica


De todas las formas la más bendita 
es la que yo percibo: tu esplendor.
(Upanishad)

El ropaje ―la retórica― nos permite muchas veces, es verdad, un tratamiento más familiar y sin peligros de la poesía. ¡Tanto menos peligroso cuanto más lejos nos encontramos de ella! Pero, si fuéramos justos, deberíamos agradecer al buen cielo de que ello sea así. No todos estamos dotados ni dispuestos a la visión de ciertas desnudeces, de ciertas bellezas o deformidades cuyo esplendor no haría sino enceguecernos.

Y esto es lo que precisamente ocurre en los mejores instantes del alma humana: el truco de una composición es un estado de alma que los sentidos no nos pueden revelar sino durante un estado de alma semejante. O para decirlo mejor; durante un instante de desnudez equivalente a la que produce en el instante de la entrega amorosa: la ceguera del cuerpo y del alma que nos transfigura entonces y torna sagrados nuestros sentidos, violentamente rituales nuestras más oscuras e instintivas caricias, definitivos nuestros más terrenales deleites.

La retórica ―el ropaje― del poema nos permite solamente vislumbrar la poesía. Y cuanto más perfecto puede ser aquél, tanto más vestida estará la poesía, tanto más deslumbrante en su traje de metáforas y piedras de cultivo. ¿Qué decir entonces de la poesía mal vestida, de la poesía que no posee sino trajes baratos, deteriorados por el uso y cortados sobre medida standard? ¿Qué decir de la poesía púdica, vestida según el gusto de los parientes o la moda del barrio o a la moda provinciana, que imita torpemente y con retardo las veleidades de los grandes costureros de la lengua? 

(…)

Lo mejor de un poema, como lo mejor de un cuerpo humano, no son sus elementos (cabeza, tronco, extremidades, etc. ―estrofa, verso, vocablo, etc.) sino la gracia que los visita y los une en una sonrisa, un movimiento armonioso, un llanto desesperado.

La poesía se sirve de las palabras para hacerse comunicable. Ellas son un medio de expresión, no la expresión misma. Mucho menos la poesía misma. Superado el medio de las palabras, la poesía reina ilimitada y se confunde con la esencia de las cosas. La poesía, por lo demás, puede prescindir de las palabras (pintura, escultura, música, danza, religión, magia).

(…)

Nada más ruin que abandonar al espejo la belleza del alma.

Nada más noble que hacer visible en el espejo la belleza del alma.

No hay sino una sola posibilidad para escribir un buen poema: no creer en las palabras.

(…)

La poesía es la verdad cantada. Palabras de un poeta, música de un pueblo.

Los pueblos entonan la verdad, la melopea de la verdad tortura su alma, pero creen en el misterio, adoran lo misterioso y se abandonan a lo invisible. El poeta muestra a su pueblo la coherencia terrena de su canto y convierte en liturgia sus esperanzas y sus terrores. Con ayuda de las palabras. La verdad y lo sagrado tienen por fronteras el poema.

(Jorge Eielson, "Para una poética en preparación", en Emilio Tarazona. la poética visual de jorge eielson. Lima, Drama Ediciones, 2004. Imagen: Autumn leaves and yellowing de Hidlight Zifiri)