martes, 20 de enero de 2015

La casa de la vida


Life is death we’re lengthy
(Emily Dickinson)

Va entrando mucho sol en este cuarto
en el que escribiremos las páginas más duras
de una vida. Descargo la mirada
en sus huecos vacantes, los objetos
no han encontrado aún su desamparo,
la pared no se escora hacia su quiebra.
Va entrando mucho sol. Bajo el laurel
del patio se dilata el plástico
de dos sillas que nadie guardará,
se yergue el cerramiento
que rodará un invierno no lejano,
trastea el setter rubio
que enterrarás llorando con paletadas de ácido.
Pero va entrando sol, mucho sol en el cuarto.
Tu vestido de flores revolotea en él.
Posas el antebrazo firmemente en la jamba
y me besas risueña porque ignoras
que en esta habitación nos iremos quedando
quietos como la sangre coagulada,
atónitos como el cadáver de alguien.
Estrenas un rouge fresco, un pétalo de brío,
y cimbras tus caderas ante el sol que va entrando
en este cuarto claro como un alumbramiento.
Nadie diría que es un campo de batalla,
que ese pétalo, pálido, deshecho en el parquet,
condensará una lágrima, una más entre muchas;
que ese hijo que esperas para octubre o agosto
levantará su puño contra ti, o contra todo.
Hoy entra mucho sol y hay que probarlo entero.
Bebe su caldo, abraza su alegría.
Desanuda tu pecho y deja que te colme
la piel su matutino bienestar.
Esta luz es la sombra de mañana,
tómala a tu capricho antes de que anochezca.
Si no, ¿de qué infinito llegaría este sol?

(Rafael Fombellida. Violeta profundo. Sevilla,
Renacimiento, col. Calle del Aire, 110, 2012)

Hay que creer, creer, aunque nadie nos crea.
(Rafael Fombellida)