sábado, 13 de diciembre de 2014

Avena salvaje


Junto al borde saliente de esta roca
pulida como un plato
cocino mi pobreza en el río de agosto.
Reposas a mi lado, conjeturo.
A ráfagas, el soplo del nordeste
tremola y rumorea en mis oídos
enredado con un habla difusa.
Cuando tus labios quieren conversar
sobre la cortadora, o el tumor
en el ovario de tu hermana, la
bruñida quemadura me suspende
y nada escucho con exactitud,
nada atiendo que no sea recóndito.
Cabecean los cirros en su piélago
y cimbrea la luz como una cabellera
vigorosa. Formo un ángulo recto
con antebrazo y codo, y encuadro tu cadera
y el vello que, cobrizo, se remueve
como avena salvaje.
La brisa da su voz a este amargor del véspero.
Desearías decirme
que la temperatura ha decrecido
y patina el frescor en tus facciones
y a tus muslos flagela un aura incómoda.
Dirías, si pudieras hacerme comprender,
que la arena te aguija la piel, y la granula,
estás presente, y el temblor te ovilla.
Pero no te percibo. Soy el último
amante desceñido del halago de agosto,
el último en gozar su piedra cálida
y bañarse feliz en la elegía.

(Rafael Fombellida, en la revista 
Cuaderno Ático, 5, 2014)