jueves, 20 de noviembre de 2014

El inventor del humo (tres poemas de Alberto Cubero)


Coronado por grandes losas anubarradas 
que reposaban como dólmenes cosmológicos 
sobre las crestas humosas del pedestal.
(Claude Lévi-Strauss)

I

El inventor del humo ha creado las noches sin luna. Todo el mundo se pregunta qué ha sucedido. Nadie lo sabe. Sólo lo sabe él, que levantó la arquitectura de las apariencias frente al palacio de los latidos. Sólo lo sabe él, que inventó el olor azul de los nombres incendiados. El inventor del humo ha creado las noches sin abrazos ni susurros. Todo el mundo se pregunta qué ha sucedido. Pero la respuesta la tiene él y no está dispuesto a hablar.

II

Luego aparecieron los adoradores del inventor del humo. Los que le ayudaron a quitarse el sombrero de copa y a que ya no tuviera que disfrazarse. Los adoradores son más peligrosos que el propio inventor porque ellos sí se disfrazan. No resulta fácil identificarles. Parecen ángeles caídos que intentaran recuperar su inocencia robando la de los otros. Regalan mariposas multicolores con un aguijón en cada ala. Caleidoscopios que muestran las diversas caras de la codicia, conchas en las que se puedes escuchar el restallar de los metales. El inventor de humo está orgulloso de sus adoradores, de que hayan cargado ellos con el símbolo, de que sean tan buenos fariseos. Él, el creador, el propietario de las voluntades, cada noche, antes de irse a dormir, reparte unos mendrugos de pan entre sus fieles servidores.

III

El inventor del humo pierde fuerza y, cuando desfallezca, otro inventor del humo será parido en los púlpitos de la obediencia y el sometimiento. Se puede leer la resignación en los rostros de los habitantes del laberinto. Muchos de ellos recorren las calles por las noches bajo la implacable oscuridad para buscar la salida y huir hacia los arrabales y los acantilados. Continúan haciéndolo con cierta confianza en conseguirlo. Pero la salida no está en los mapas, no está escrita en parte alguna. Está en el repliegue sobre uno mismo y en la escucha del agujero negro. Sólo unos pocos han conseguido escapar. La mayoría de los habitantes del laberinto no saben hacerlo o no quieren hacerlo.

¿Qué especie de parálisis atenaza a estos hombres? ¿Continuarán buscando una salida que no existe?

El predicador, los adoradores del inventor del humo y los guardianes del rencor preparan el terreno para un nuevo nacimiento. Milimetran cada detalle, revisan cada rincón del espectáculo. Los adoradores avivan los actos públicos, hacen de ellos un entramado de pedante camaradería. El predicador habla con más fuerza aún de la necesidad del metal, de la maldición que caerá sobre el laberinto si se reniega del metal. Los guardianes del rencor vigilan el orden, los procesos, vigilan sobre todo a los que callan y no otorgan, miran a los ojos para identificar en ellos la osadía de los despreciados y el pez alado de la lucidez. El mecanismo está en marcha para un nuevo parto y el olor pestilente de la placenta se extenderá por las calles, sin remedio.

¿Continuarán engañados los habitantes del laberinto, amedrentados, buscando la salida equivocada?

(Alberto Cubero. Hendidura. Prólogo de José Manuel Querol Sanz. Madrid, Devenir, col. Poesía, nº 259, 2014)


El inventor desea que todos adoren su tiranía.
El espectáculo no puede fallar.
(Alberto Cubero)