domingo, 7 de septiembre de 2014

La lectora


Y aún sueño que pisa la hierba
caminando espectral entre el rocío
atravesado por mi canto alegre
(William Butler Yeats)

Hay mucho tiempo disponible y uno necesita un hobby, algo que ocupe infinitamente la atención. Y Horst logró que yo me interesara por la ficción pre-colonial.
—¿Quiere decir, libros antiguos?
—Narraciones de viajes espaciales, escritas antes de los viajes espaciales.
—¿Y cómo podía haber narraciones antes de...?
—Los escritores sabían.
—Pero, ¿en qué se fundaban?
—En la imaginación. Muchas veces se equivocaban. Por ejemplo, contaban que Venus era una jungla paradisíaca con enormes monstruos y mujeres con corazas brillantes —Pris lo miró—.
¿No le gusta la idea? ¿Mujeres de largas trenzas rubias y refulgentes placas pectorales del tamaño de melones?
—No —respondió Isidore.
—Irmgard es rubia, pero pequeña —continuó Pris—. Pues bien, sea como fuere, es posible ganar fortunas con el contrabando de ficción pre-colonial, de revistas, libros y películas, a Marte.
No hay cosa más excitante que leer historias de ciudades y empresas industriales inmensas o de una colonización verdaderamente lograda. Uno se imagina cómo podría haber sido todo. Cómo habría tenido que ser Marte. Los canales...
—¿Canales?— Isidore recordaba oscuramente haber leído algo al respecto. Antiguamente se creía que había canales en Marte.
—Cruzaban el planeta en todas direcciones —siguió Pris—. Y otros cuentos hablan de seres infinitamente sabios, de otras estrellas. Y otros de la Tierra en el futuro, en nuestra época, y más adelante. Cuando ya no haya más polvo radiactivo.
—Y leer eso, ¿no hace que uno se sienta peor? —preguntó Isidore.
—No —respondió sencillamente Pris.
—¿Ha traído algún material de lectura pre-colonial? —pensó que podía leer algo.
—Aquí no tiene valor, no está de moda. Y de todas maneras, las bibliotecas están repletas. Nosotros lo conseguimos así; se roba en las bibliotecas de la Tierra y se envía por cohete automático a Marte. Y una está vagando por el espacio, a la noche, y ve de improviso un destello, y un cohete llega y se abre y de su interior se derraman las viejas revistas de ficción pre-colonial. Una fortuna. Y por supuesto, las leemos antes de venderlas —cada vez le entusiasmaba más el tema—.
Y de todas...

(Philip K. Dick. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Traducción de César Terrón. Barcelona, Edhasa, 1997)