martes, 2 de septiembre de 2014

Guardianes


Ante todo, nadie poseerá casa propia, excepto en caso de absoluta necesidad. En cuanto a víveres, recibirán de los demás ciudadanos, como retribución por su guarda, lo que puedan necesitar unos guerreros fuertes, sobrios y valerosos, fijada su cuantía con tal exactitud que tengan suficiente para el año, pero sin que les sobre nada. Vivirán en común asistiendo regularmente a las comidas colectivas como si estuviesen en campaña. Por lo que toca al oro y la plata, se les dirá que ya han puesto los dioses en sus almas, y para siempre, divinas porciones de estos metales y por tanto para nada necesitan de los terrestres, ni es lícito que contaminen el don recibido aliando con la posesión del oro de la tierra, que tanto crímenes ha provocado en forma de moneda corriente, el oro puro que en ellos hay. Serán, pues, ellos los únicos ciudadanos a quienes no esté permitido manejar ni tocar el oro ni la plata, ni entrar bajo el techo que cubra estos metales, ni llevarlos sobre sí, ni beber en recipiente fabricado con ellos. Si así proceden, se salvarán ellos y salvarán a la ciudad; pero sí adquieren tierras propias, casas y dinero, se convertirán de guardianes en administradores y labriegos, y de amigos de sus conciudadanos en odiosos déspotas. Pasarán su vida entera aborreciendo y siendo aborrecidos, conspirando y siendo objeto de conspiraciones, teniendo, en fin, mucho más y con más frecuencia a los enemigos de dentro que a los de fuera; y así correrán, en derechura al abismo, tanto ellos como la ciudad.

(Platón. La República. Edición bilingüe, estudio preliminar y notas de José Manuel Pabón y Manuel Fernández Galiano. Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1969)