sábado, 9 de noviembre de 2013

Hola soledad


Bienvenida, vieja amiga, te creí ausente y aquí estabas escondida, confundida 

conmigo;]
bienvenida, ahora que te veo, bienvenida a tu más propia casa, 

el latido de mi sangre,]
a ti te acojo en el tiempo largo del poema, en el suave sueño, en el hormigueo 
de mi mano izquierda,]
báñate conmigo, una ducha caliente que golpee la espalda,
-ah, desnudos sí que tú y yo somos uno solo-,
préstame una de tus camisas blancas de algodón,
ven, tomemos café, sin azúcar: así lo bebo solamente contigo,
amiga, ladilla, sombra,
y fumemos viendo el cambio de color de la montaña, fúndete conmigo 
para 
                 que pueda mirar cómo amanece,]
ven cántame una canción, aguántame la risa de gozarte hasta el tuétano, 

generosa mía,]
llévame así, apacible, a este o aquel libro, deja que te lea en voz alta 

y dime si te aburres,]
vuélvete música, almohada; convierte, maga, tu sustancia en humo, 
en el umbral de las visiones,]
                                                                                         
liba conmigo la euforia santa del silencio,
alucina, muchacha de mi vida, y cuenta tu cuento mientras yo, torpe, 

tomo tu dictado:]
tacha siempre toda espera o esperanza,
que no sienta el tiempo,
y baila conmigo la danza de la sonrisa en el ojo de la mente
hasta caer, inesperadamente juntos, fulminados.

(Darío Jaramillo Agudelo. Cantar por cantar. Valencia, Pre-Textos, 2001.
En la imagen, Morning sun de Edward Hopper)