viernes, 21 de junio de 2013

La más cruel de las certezas


Hay que saber morir como hombre para eternizarse como dios. En el Olimpo entran los que hacen de su desaparición un poema perfecto, la verdadera materia incorruptible.

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Lo que es difícil de explicar caerá pronto en el olvido.

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Hay poemas que de tan bellos, se esterilizan. No viene mal que se ensucien, de vez en cuando, con nuestra porquería.

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No te amo por lo que me das, te amo por lo que me quitas.

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Antes de escribir pienso en el texto que quisiera leer; después me pongo manos a la obra, y cuando termino, el libro pierde su interés para mí y lo adquiere, si acaso, para otros.

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Aquella lectura que no te sugirió otra lectura puedes darla por inútil. Los libros se vinculan como un eslabón con otro eslabón.

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Nuestro peor enemigo es el tedio; con tal de no caer en sus redes, somos capaces de convertir la crueldad en un divertimento.

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Un líder no tiene que ponerse en vanguardia, sino en la retaguardia para animar a los rezagados.

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Cuando ya nada me sorprenda, estaré en la antesala de la muerte.

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Amor y desamor. Eros contra Anteros. Me desdeñas, te correspondo.

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Lo que más envejece es contemplar la desgracia, impasiblemente.

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Hay quienes sin un cargo no sabrían ganarse la vida. Tienen que escoger entre la política profesional o la miseria.

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Esta, en la que todos piensan, de la que todos huyen y por la que todos sufren, es la más cruel de las certezas.


(Mario Pérez Antolín. La más cruel de las certezas. Prólogo de Victoria Camps. Tegueste, Tenerife, Baile del Sol Ediciones, Col. Textos del desorden, nº 23, 2013).