jueves, 23 de mayo de 2013

De la quitanieves del universo



Y yo inventé una fábrica de seda. Era un edificio sin exterior con una escalera por cuya baranda subía siempre una procesión de gusanos. Y esos gusanos engordaban a cada piso que subías y, aunque el edificio no tenía techo, no podías ver el cielo porque el tejado lo constituía la eclosión y vuelo de las mariposas. Entonces se me dijo modernista y que había perdido la ironía; me fue aconsejado que no hablara más ya de seda ni animales en peligro de extinción, porque cuando definitivamente se extinguieran, habría de recortar esas palabras con tijeras de las páginas o mi obra quedaría envejecida. Pero a mí me dio pena y escribí más y más sobre osos polares, ballenas o hipopótamos y dije que la luna era la mancha blanca en la espalda de un macho gorila. Porque quería extinguirme junto a los animales grandes, los animales grandes que eran tu alma cuando se la miraba con una linterna.

Pues contigo era así: algo podía ser torpe o inane, pero en torno a las cosas que veías crecía una hiedra buena y cuando alguien se acercaba a enjuiciarlas, ya estaba en cambio allí aquella hiedra y sus pájaros unidimensionales, como una dignidad. Entonces lo que veían no eran las cosas, sino lo que tú amabas. Aunque tampoco era que tú imaginaras los objetos, no es que tu cerebro, como el del filósofo polaco, se metamorfosease en formas geométricas al pensar y diera luz al mundo, no como un pulpo que entra lentamente por el ojo de un aguja; no, no así, tú eras tu cuerpo, tú amabas algo como a partir de él, de lo que de ti habitaba en él, dándole como mundo para ser, como agua para germinar, porque un jardín no está si no lo miras, pero si por fuerza del amor sensorial los geranios afrutaban melocotones de puro terciopelo del tic tac de tu tacto o la rosa en verano levitaba en la rama hasta madurar un corazón, eso no era para ti imaginación alguna, era tu amor, y las cosas florecían, cómo decirlo, las cosas florecían sumergiéndose en sus propios emocionados colores. O porque tú lograbas al calor de la zarza de Moisés que vieran cómo hervía la creación en sus cuerpos pequeños y entonces no volvían a ti, volvían a ellas inocentemente, volvían a ellas incesantemente (y eran la fórmula concreta de todas las infancias).

Así tu bondad hacía correr al Tánger por las escaleras de los rascacielos. Y qué más da que el ciempiés tuviera noventa y nueve pies o que señalaras un hipopótamo de dos milímetros: tú lo llamarías por su nombre, porque tú llamabas a las cosas queriéndolas, exactamente iguales a la cifra que en ti encontraba mundo, el hueco exacto para no ser algo solo.

Y eso es lo que he sabido ahora que no estás, eso es lo que he sabido y eso repito mucho para que todos los seres pobres y torpes de este mundo y miserables se extingan en un brillo y vuelvan a ser tú.

 (Juan Andrés García Román. La adoración. 
Barcelona, DVD Ediciones, 2011. El poeta en la imagen)