sábado, 20 de abril de 2013

Vamos a hablar de poesía


POR ESO AHORA VAMOS A HABLAR
como siempre de poesía
--la poesía es la máscara
que nos descubre--, vamos
a hablar de nuestra catarata
siempre cayendo, de esa tempestad del poeta
siempre cayendo y en su espuma levantándose
igual que se levanta del invierno
recompuesta la flor desde su polen,
del poeta que es joven y tiene la mirada
entre la lágrima de la alegría
y la de la turbación, de por qué
es su campana extendiéndose
por el lugar en que el peligro ataca
y se hace mes de abril, el mes
más cruel como dicen que decía Eliot,
y porque exactamente, como las golondrinas,
ella vino en abril a dejarme un beso
caliente, negro y fugaz y, sin embargo,
con la navaja abierta sobre donde
la herida que jamás se cierra,
y tú de dónde eres, y tú cuándo
naciste y cuánto tiempo hace
que eres imprevisible como lo es la pasión,
veletamente como
la llama de una vela bastardea
según del lado que sople el viento,
o como la frialdad, como esa sensación del frío
que se opera en el hielo hasta que quema,
y vamos a hablar de lo que está probado
y tiene historia: que quien escribe versos
vive dos veces como la vista llora doble,
y de que ella se fue sin despedirse
apedreándome sin caridad y con mis mismas armas
como le ocurre al corazón del valle
con los desprendimientos de la ladera
                                    y
ya que está esperando
que mi edad se descubra
como la huella descubre al huido,
he de decirte que el acento
es el carácter del poeta y, en consecuencia,
su determinación, lo que recordarán
igual que se recuerda sin divorcio posible
el perfume y la flor empadronados
el mismo día y a la misma hora,
la forma y cuanto exhala, espíritu y materia, juntos
como la sal y el agua de una lágrima;
que el ritmo son sus piernas y sus brazos,
la sede del movimiento que marcan las estrellas
acompasadamente, que la cadencia encarna
el tresbolillo del oído, pues
con la oreja se escribe y desgraciado
del que la tenga ruda, de cerrojo,
que el cuello es su armonía, su elegancia
(retuérceselo al cisne, como quiso Rubén,
o de otra manera: mantén a raya la facilidad,
mala novia, como advirtió J. R.),
que la emoción es obra
que el suceso comienza y el esfuerzo termina
cuando espíritu y cuerpo representan
integridad y parte, complexión y atavío,
que la salud es el motor
que pone en marcha al genio
y, apretándolo bien,
que no se escribe, se ama
con gozo o sufrimiento. Y ese es el corazón.
Si los dioses te dan esa moneda
échala a cara o cruz pues mientras gire
caprichosa en el aire sentirás que has vivido
en su volar atrabiliario, sentirás
que tu alma te contempla y reconoce.
(Guarda, resérvate el muñón
para escribir con él si un día te enamoras
y no te corresponden. O si te corresponden,
da lo mismo, no esperes una rosa
sin espina). Más o menos así…
y puesto sigues esperando
como un lector de sucesos,
como un lector tenaz de biografías
y de novelas policíacas
que te hable de Federico, he de decirte
que era dulce y amargo,
que de pronto era el barco que zarpa
levantando el deseo del agua tranquila
y de pronto borraba su estela,
que de pronto comía y nos comía
y de pronto ayunaba
igual que si tuviera que adaptarse
a un sino de silencio
porque seguro de sí no quería
engañarse o quizás porque acuerdo no existe
entre azar y razón
o porque la alegría proclama que habitamos
el mejor de los mundos y porque el pesimismo
está temiendo que lo sea y tenga
que abandonarlo derrotado.
Y porque vio en la muerte
que no existe el amor en su imperio.
Federico vivía del amor,
estaba enamorado del amor o de alguien,
necesitaba lo mismo al milagro
que al santo y para uno y otro, y para sí,
se acicalaba y reía y empezaba
a llorar al notarse las ojeras
iconoclastas, las arrugas
irreverentes, una cana
de avanzadilla, anunciadora
de uno de sus apocalipsis.
Y de pronto llenaba su mesita
de noche de vírgenes y de santos
y rezaba al demonio sin conciencia
de haberse contradicho, convencido
de que iba a ser su víctima, en su beso.
Y tras reír glotonamente, nerviosamente a carcajadas,
era su llanto, su inocencia,
su única defensa contra sí,
su antirrevolución.
Federico era un tropel
y era agua bendita, la que cae de los ojos
porque está bendecido el sufrimiento.

(Antonio Hernández. Nueva York después de muerto.
Madrid, Calambur, Col. Poesía, 134, 2013)