viernes, 25 de enero de 2013

Tres poemas de Manuel Rico



I
Casi un preludio
El viento se deshace
en el bosque que se alza entre los nombres
que dan felicidad o nos asustan.
Es el viento de las habitaciones conocidas.
El de los autobuses de la tarde.
El de las bibliotecas huérfanas y el de los sótanos
de la ciudad que sólo tú conoces.
El de las barcas sin destino, despistadas
por brújulas dementes, soñadoras
en la tarde más sola.
El viento de las chozas y de los pozos y de los hospitales.
El de los desvanes polvorientos de todas las infancias.
El de las tabernas sin memoria, muertas
el mismo día que borraron calle y barrio y años de devociones
y de alondras.
El de las cocinas y el de las alacenas. El viento de la madre
y el de las mujeres que asoman a la lluvia
la mirada infeliz o el labio triste.
El viento
de la orfandad de Benjamin y el viento del exilio,
de nocturnos de hollín en la Francia del sur
del año 39,
el de los túneles de trenes olvidados, el viento de la carne
que con la edad flojea, el de las jaulas
y el de las celdas solas, el de la niebla
sobre estaciones de montaña o en valles solitarios,
el que orea los mimbres en remotas praderas.
El que llora y es ciego. El que ríe y vislumbra
una piel intocada y a la espera.
El viento se deshace
en la orfandad sin tiempo que vive el sustantivo,
en el lugar nombrado o en la tierra
de lo innombrable, de lo deshecho o roto, de lo humillado.
II

Fugitiva ciudad
La voz bebida, la voz acariciada, la voz
llorada.
                                             El ronco terciopelo
de aquellas noches
que nunca terminaban, o el pronombre nosotros
y la niebla y el frío y los bolsillos
vacíos de monedas y repletos de vida,
de crepúsculos de pana o de vaqueros,
de coñac bien caliente y de extrarradios,
de vida irrepetible y de extrañas banderas
compartidas.
                                           Nunca la voz
fue tan propicia, se acopló de este modo
al aire de la calle, al temblor de tu mano,
a la noticia apresurada
de un forzado retorno, cuando ya eran las diez,
a las habitaciones de la infancia.

III
De la orfandad completa
A Águeda Lucía (1920-1998), la madre.
El aire lleva indicios
de los días inestables donde habita
la primavera rota de la madre, la primavera
que nunca llegaría —ella soñaba,
en los pasillos de la muerte
de una casa prestada, jamás suya,
la floración de los frutales y la lluvia de abril—,
los días de aquel marzo de mil novecientos
noventa y ocho
que no llegaron pues la muerte
fue el anticipo del silencio, el olor de los éteres y de la metadona,
el frío de la calle y de la noche
desahuciada.
Estabas solo cuando el silencio negro.
Solo con ella cuando el silencio de afilado cristal
fue definitivo, agrio segundo, hueco
de eterna duración.
Solo con el tiempo desguazado
en la casa que no fue nunca suya ni de nadie.

Hay días que se sueñan y temen, días
que no florecen,
en los que el aire, y la ciudad, y el agua,
se llenan de silencios y de niebla,
te saben a infancias ya prescritas y a bufandas de lana,
a mantas que no sirven, a días casi inmóviles
de pócimas inútiles: como aquel de febrero
de la orfandad completa y de la madre rota
de mil novecientos
noventa y ocho.
(Manuel Rico. Fugitiva ciudad.
Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández.
Madrid, Hiperión, 2012).