viernes, 13 de julio de 2012

Algunas citas de John Maxwell Coetzee


Lo han dejado a él solo con todos los pensamientos. ¿Cómo los guardará todos en su cabeza, todos los libros, toda la gente, todas las historias? Y si él no los recuerda, ¿quién lo hará?

(Infancia, escenas de una vida de provincias.
Traducción de Juan Bonilla.
Barcelona, Mondadori, 2001).

¿Por qué no podemos admitir que nuestras vidas están vacías, tan vacías como el desierto en que vivimos, y por qué nos pasamos la noche contando ovejas o fregando los platos con el corazón alegre? No alcanzo a entender por qué debiera ser interesante la historia de nuestras vidas. Se me ocurren de continuo pensamientos sesgados a propósito de todas las cosas.

(En medio de ninguna parte.
Traducción de Miguel Martínez-Lage.
Barcelona, Mondadori, 2003).

Hace un año que escribió su último verso. ¿Qué le ha pasado? ¿Es verdad que el arte sólo surge en la tristeza? ¿Debe volver a sufrir para escribir? ¿No existe también una poesía del éxtasis, una poesía del críquet a la hora del almuerzo como forma de éxtasis? ¿Importa de dónde nazca el ímpetu poético mientras sea poesía?

(Juventud. Traducción de Cruz Rodríguez Ruiz.
Barcelona, Mondadori, 2002).

Pero este no es lugar para las palabras. Cada sílaba que se articula, tan pronto como sale de los libros es apresada, se llena de agua y se desvanece. Este es un lugar en el que los cuerpos cuentan con sus propios signos. Es el hogar de Viernes.


Da vueltas y más vueltas hasta que al fin queda tendido cuan largo es, con el rostro vuelto hacia mí. La piel se adhiere tensa a sus huesos, sus labios se entreabren. Paso un dedo entre sus dientes tratando de hallar una entrada.

Su boca se abre. De su interior, sin aliento, sin interrupción, brota una lenta corriente. Fluye por todo su cuerpo y se desborda sobre el mío; atravieso la pared del camarote, los restos del barco hundido, bate los acantilados y playas de la isla, se bifurca hacia el norte y hacia el sur, hasta los últimos confines de la tierra. Fría y suave, oscura e incesante, se estrella contra mis párpados, contra la piel de mi rostro.

(Foe.Traducción de Alejandro García Reyes.
Barcelona, Mondadori, 2004).
 
Suministra los detalles y deja que los significados emerjan por sí mismos. Un procedimiento del que fue pionero Daniel Defoe. Robinson Crusoe, náufrago en una playa, mira a su alrededor en busca de sus compañeros de barco. Pero no hay nadie. “Nunca los volví a ver, ni vi otro rastro de ellos –dice- que tres de sus sombreros, una gorra y dos zapatos desparejados”. Dos zapatos desparejados. Al estar desparejados, los zapatos dejaban de ser calzado y se convertían en pruebas de la muerte, arrancados de los pies de los ahogados por los mares espumeantes y arrojados a la orilla. Nada de grandes palabras, nada de desesperación, simplemente sobreros, gorras, zapatos.

(…)

Soy escritora y lo que escribo es lo que oigo. Soy una secretaria de lo invisible, una de las muchas que ha habido en la historia. Esa es mi vocación: secretaria al dictado. No me corresponde interrogar ni juzgar lo que me es dado, simplemente escribo las palabras y luego las pongo a prueba. Pruebo su solidez para asegurarme de que he oído bien.

Secretaria de lo invisible: me apresuro a aclarar que la frase no es mía. La he tomado prestada de un secretario de primer orden, Czeslaw Milosz, poeta, tal vez lo conozcan, a quien le fue dictada hace años.

(Elizabeth Costello. Traducción de Javier Calvo.
Barcelona, Mondadori, 2004).