viernes, 7 de octubre de 2011

Los limones


Escucha, los poetas laureados
se mueven solamente entre plantas
de nombre poco usados: boj ligustro o acanto.
Yo amo los caminos que dan a las herbosas
zanjas donde en los charcos
medio secos agarran los muchachos
alguna anguila exhausta:
los senderos que siguen los ribazos,
bajan entre penachos de las cañas
y llevan a los huertos, entre los limones.

Mejor si la algaraza de los pájaros
engullida por el azul se apaga:
más claro se oye el susurro
de las ramas amigas en el aire casi inmóvil,
y los sentidos del olor
que no sabe despegarse de la tierra
y llueve en el pecho una dulzura inquieta.
Aquí de las entretenidas pasiones
milagrosamente calla la guerra,
aquí también a los pobres nos toca también nuestra parte de riqueza
y es el olor de los limones.

Ves, en este silencio en que las cosas
se abandonan y próximas parecen
a traicionar su último secreto,
a veces uno espera
descubrir un error en la Natura,
el punto muerto del mundo, el eslabón que cede,
el hilo a desenredar que finalmente nos lleve
al centro de una verdad.
La mirada escudriña alrededor,
la mente indaga acuerda deusne
en el perfume que desborda
cuando más languidece el día.
Son los silencios en los que se ve
en cada sombra humana que se aleja
alguna turbada Divinidad.

Pero falta la ilusión y nos devuelve el tiempo
a las ciudades ruidosas donde el azul se muestra
sólo a pedazos, en lo alto, entre los cimacios.
La lluvia fatiga la tierra, después; se agolpa
el tedio del invierno sobre las casas,
la luz se vuelve avara, amarga el alma.
Cuando un día por un mal cerrado portal
entre los árboles de un patio
se nos muestra el amarillo de los limones,
y el hielo del corazón se derrite,
y en el pecho nos vierten
sus canciones
las trompetas de oro de la solidaridad.

(Eugenio Montale. Huesos de sepia.
Prólogo de Alfredo Gargiulo. Traducción
de Carlo Frabetti. Tarragona, Igitur, 2000).