viernes, 6 de mayo de 2011

Meditaciones en tiempos de guerra civil


MI CASA

Un viejo puente, una torre más vieja,
la casa solariega con su muro,
un acre pedregoso,
donde puede florecer la rosa simbólica,
viejo olmos desgreñados e innumerables espinos,
el ruido de la lluvia o el otro ruido
de cada viento que sopla;
la zancuda avefría
que cruza el arroyo una vez más
con miedo al chapoteo de un hato de vacas;

una escalera de caracol, arcos de piedra;
una chimenea de piedra gris con un hogar abierto,
una vela y una página escrita.
Se afanaba en Il Pensoroso el platonista
en parecida sala, trasluciendo
cómo la daimónica ira
lo imaginara todo.
Viajeros ignorantes
viniendo de mercados y de ferias
han visto arder su vela a medianoche.
Aquí se establecieron
dos hombres: uno de armas que reunió
veinte caballos y pasó sus días
en este sitio turbulento,
y en largas contiendas y nocturnos rebatos
su menguante reata, y hasta él mismo,
llegó a parecer que se volvieron
náufragos que, olvidados, olvidaban;
y yo, para que un día
la sangre de mi sangre encontrar pueda,
para exaltar a un solitario,
emblemas dignos de la adversidad.

MI MESA

Dos recios caballetes, y un tablón
donde, obsequio de Sato, una inmutable
espada está con pluma y con papel,
para dar un sentido
a mis días sin norte.
Un trozo de brocado
cubre su vaina de madera.
Chaucer aún no había nacido
cuando fue forjada. En la casa de Sato,
curva como luna nueva, luminosa,
yació quinientos años.
Mas sin cambio, no hay luna;
sólo un dolido corazón
concibe una inmutable obra de arte.
Nuestros sabios afirman
que allí donde fuera realizada
una creación maravillosa,
en pintura o cerámica, pasó
de padre a hijo a través de los siglos
y pareció inmutable cual la espada.
Venerada del alma la belleza,
los hombres y sus cosas adquirieron
la apariencia inalterable del alma;
pues el más rico heredero,
sabedor de que las puertas del cielo
no se abren a nadie que haya amado
un arte inferior,
tenía un corazón tan dolorido
que aunque, en boca de todos por sus sedas
y andares majestuosos,
mostraba ingenio alerta; parecía
que el pavo real de Juno se quejaba.

EL CAMINO QUE PASA POR MI PUERTA

Un afable miliciano,
un hombre robusto como Falstaff,
viene haciendo bromas de la guerra civil
como si morir de un disparo fuese
la mejor comedia bajo el sol.

Un teniente de oscuro con sus hombres
mal uniformados del ejército nacional
se paran a mi puerta, y yo me quejo
del mal tiempo, el granizo y la lluvia
y de un peral que ha roto la tormenta.

Cuento las emplumadas bolas de hollín
que guía la focha en el arroyo,
por acallar la envidia de mi mente;
y me vuelvo a mi cuarto, atrapado
en las frías nieves de un sueño.

VI

EL NIDO DEL ESTORNINO JUNTO A LA VENTANA

Las abejas construyen en las grietas
de la mampostería suelta, y allí
los pájaros traen larvas y moscas;
mi pared se deshace; haced vuestra colmena, abejas,
en la casa vacía del estornino.

Estamos encerrados, y la llave
echada sobre nuestra incertidumbre;
un hombre muere en algún sitio, o se incendia una casa,
mas nada está claro: haced vuestra colmena
en la casa vacía del estornino.

Habíamos alimentado el corazón con fantasías,
y éste se ha embrutecido con la dieta;
tiene más sustancia nuestra inquina
que nuestro amor; haced vuestra colmena, abejas,
en la casa vacía del estornino.

(William Butler Yeats. “Meditaciones en tiempos de guerra civil”, perteneciente al poemario La torre, se incluye en Poesía reunida. Traducción de Antonio Rivero Taravillo. Valencia, Pre-Textos, 2010. NOTA: Por razones de espacio, hemos prescindido de los poemas I. CASAS ANCESTRALES, IV. MIS DESCENDIENTES y VII. VEO FANTASMAS DE ODIO Y DE PLENITUD DEL CORAZÓN Y DEL VACÍO VENIDERO, que también forman parte de estas “Meditaciones en tiempo de guerra civil” escritas durante el conflicto que a partir de junio de 1922 y hasta mayo de 1923 enfrentó a los seguidores del Estado Libre Irlandés con los contrarios al Tratado anglo-irlandés (firmado en Londres el 6 de diciembre de 1921) que mantenía seis condados del Ulster como parte del Reino Unido. Huelga decir que el caballero de la imagen, que tan bien glosó Javier Marías en sus Vidas escritas, es W. B. Yeats).