martes, 26 de abril de 2011

Tres poemas de Sohrab Sepehrí


Ven, hundamos el techo de las esferas celestes
y lancemos allí los cimientos de una estructura nueva.
(Sohrab Sepehrí)

Oasis en el instante

Si venís a buscarme
estaré más allá de la tierranada.
Más allá de la tierranada hay un lugar.
Más allá de la tierranada las venas del aire
están llenas de milanos que nos traen noticias
de una flor recién abierta en el arbusto del extremo confín de la tierra.
En la arena hay dibujos de cascos de caballos,
de sutiles jinetes que al alba se dirigieron hacia
las alturas ebrias de la asunción de la amapola.
Más allá de esa tierranada, el abanico del deseo permanece abierto:
en cuanto la brisa de la sed corre por el fondo de una hoja
se oyen las campanas de la lluvia.
Aquí el hombre está solo
y en su soledad
la sombra de un olmo se extiende hasta la eternidad.

Si venís a buscarme,
venid, pues, lenta y suavemente para que no se raye
la porcelana de mi soledad.

Dirección
a Abulghasem Saidi

“¿Dónde está la casa del Amigo?.
Fue al alba cuando el jinete hizo la pregunta.
El cielo se detuvo, el transeúnte entregó a las tinieblas de arena
la rama de luz que tenía en los labios,
luego señaló con el dedo un sauce blanco y dijo:

“Antes de llegar al árbol hay una alameda
más verde que el sueño de Dios,
de donde el amor es tan azul como el plumaje de la sinceridad.
Irás hasta el final de esta calle que aparece pasada la adolescencia,
luego torcerás hacia la flor de la soledad.
A dos pasos de la flor,
te detendrás al pie del alto surtidor de los mitos de la tierra.
Allí te envolverá un pánico transparente;
en la intimidad fluida del espacio oirás cierto crujido:
verás a un niño encaramado en un pino alto
dispuesto a coger los polluelos del nido de la luz
y le preguntarás:
“¿Dónde está la casa del Amigo?”.

El jardín de los compañeros de viaje

Llámame.
Tu voz me hace bien.
Tu voz es como la savia verde de la rara planta
que crece en los confines del íntimo sufrimiento.

En los pliegues espaciosos de esta hora muda
estoy aun más solo que el sabor de la compasión en el texto comprensivo de una
calle.]
Ven y te diré qué grande es mi soledad.
Y esta soledad, que nunca había podido prever la nocturna irrupción de tu presencia,
es lo propio del amor.

No hay nadie,
ven, robaremos la vida, y entonces,
entre dos miradas, la compartiremos.
Ven, e intentemos entender algo de la forma de la piedra.
Ven, vayamos más deprisa a ver las cosas.
Mira, en el estanque-reloj las manecillas
pulverizan el tiempo.
Ven a fundirte como una palabra en mi línea de silencio.
Ven a fundir en la palma de mi mano el cuerpo destellante del amor.

Caliéntame
(también una vez en el desierto de Kashán se nubló el cielo
e irrumpió una lluvia torrencial,
y me enfríe, y entonces, detrás de una piedra,
el horno de una amapola me calentó).

En estas calles oscuras
temo la inquietante conjunción de la duda y la llama.
Temo las superficies asfálticas del siglo.
Ven para que no tenga ya miedo de las ciudades donde el suelo negro sirve de pasto
a las grúas.]

Ábreme como una puerta al descenso de la pera en este siglo de asunción del acero.
Hazme dormir bajo una rama, lejos de la noche de la fricción de los metales.
Si llega el descubridor de las minas matinales, llámame.
Y me levantaré cuando se habrá el alba de los jazmines detrás de los gestos
de tus dedos.]

Y entonces
cuenta la historia de las bombas que cayeron mientras yo dormía,
cuenta las mejillas que se humedecieron mientras yo dormía
y di cuántos ánsares volaron por encima del mar.
Y en estos tumultos en que las ruedas blindadas cruzaban los sueños de los niños,
dime al pie de qué sentimiento de paz el canario anudó el hilo amarillo de su canto.

Di, ¿cuáles son las mercaderías inocentes que alcanzaron nuestros puertos,
y qué ciencia descubrió la música positiva de las balas,
y qué sabiduría segregó el aroma desconocido del pan en el paladar de la profecía?

Y entonces yo, con una fe que se calienta por el reflejo del “Ecuador”,
te haré sentar en el umbral de un jardín.

(Sohrab Sepehrí. Espacio verde. (junto a Todo nada, todo mirada). Preliminar de Daryush Shayegan. Traducción del persa de Clara Janés, Sahán y Mojgan Salami. Madrid, Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, 34, 2010. En la imagen: bazar de Kashán, la ciudad del poeta).