jueves, 24 de marzo de 2011

Rimbaud el hijo



Vuelvo por última vez a la Vulgata.
Dicen que, después de Bruselas, mientras Verlaine estaba en Mons, mucho antes de los campos de bananos, Rimbaud regresó al redil; que, en un sobrado de las Ardenas, en Roche, en tiempo de siega, rodeado de los campos y bosques en que los labriegos de la rama materna acamaron sus vidas en vanas siegas hasta llegar a Vitalie Cuif, ese pavoroso joven, ese bárbaro, ese corazoncito de hembra, escribió Una temporada en el infierno; o que, al menos, caso de que empezara a escribirla en otro lugar, en los dominios de Baal, en esas metrópolis en las que la civilización había caído bajo la pezuña de Baal, la pezuña tiznada, futurista, la acabó aquí, en este perdido y civilizadísimo rincón rural, bajo la pretérita claridad de las siegas. Y, cuando regresaban a la cocina, entre dos carretadas de gavillas, el hermano, las dos hermanitas pequeñas, la madre con su cara de diciembre en pleno mes de julio, cuando, por ejemplo, a las cuatro de la tarde se permitían un poco de sombra fresca, en la sombra fresca cortaban rebanadas de pan y las migaban en vino fresco para reanudar luego con más coraje su afanosa danza bajo el sol, esos segadores oían, allá arriba, sollozar al autor de la Temporada; y en esos sollozos hay quienes llevan un siglo queriendo oír el luto por haber perdido a Verlaine, por la desbandada de las ambiciones literarias, por el plomo definitivamente alojado en el ala; y también el luto por la videncia, y los recursos brujos para atraer al verbo, todo ello mojigangas futuristas que la Temporada descalifica sin rodeos; pero yo me pregunto si esos sollozos, esas voces, ese puño que golpeaba la mesa como un martillo cadencioso, no eran, más allá de cualquier luto, una alegría antiquísima y muy pura. Eran quizá los sollozos del estilo excelso, cuando, por casualidad, una vez en la vida, la gracia te concede el don de volcártelo en la página; los sollozos que la frase cabal te arranca mientras te arrastra hacia adelante; los que te estremecen cuando el ritmo cabal te empuja rabiosamente por la espalda, y entonces, deslumbrado, pillado entre ambos, dices lo verdadero; eres ese hombre insignificante que dice lo verdadero; y no sales del asombro de que en un triste rincón perdido de las Ardenas, en Terrier des Loups, en la inmediata cercanía de una mujer anciana, negra e insensata, el sentido haya recurrido a tu mano asilvestrada, a tu luto asilvestrado, a tu corazón de hembra, para aparecer una vez más ataviado con los harapos de las palabras. Su embozo de junio. Rompes en llanto ante ese embozo. Y los segadores de la planta baja se equivocaban de medio a medio cuando, mientras mojaban el pan de las cuatro en vino mezclado con agua fresca, cruzaban miradas contritas y compadecían a ese pobre Arthur que estaba llorando: pues eso que oían podía ser algo así como el eco en la tierra del triple sanctus que por toda la eternidad repiten incansablemente los reyes del Apocalipsis mientras contemplan, sin hastiarse nunca de ella, la gloria de Dios; y nada hay que me haga saber que los reyes del Apocalipsis no sollozan por toda la eternidad mientras profieren afinadamente el triple sanctus. Lo que los segadores oían era ese tremendo jaleo. Pero está claro que Rimbaud, por muy afinado que fuera el sanctus, no por ello estaba contemplando la gloria de Dios; pues nació y escribía en los detestables finales del siglo XIX; no tenía, pues, ante sí, en el pupitre, sino la gloria vana de la frase cabal, de la que hace ya muchísimo tiempo que se ausentó Dios. Así que lo que los segadores oían en otras ocasiones, cuando, por ejemplo, al amanecer, mojaban pan en el mismo tazón de las cuatro de la tarde, pero esta vez lleno de café y no de vino, era la otra voz, también antiquísima, ferrea vox, la voz de hierro, vehemente, autoritaria, despótica, la de los antiguos profetas arrojados a esta mísera tierra, colmados de resentimiento si la menor de sus palabras no es el triple sanctus, que emplazan a Dios para que se manifieste y lo insultan; y sus voces sólo las oye el azulado vacío del alba, y cuando no conseguía ser el reyezuelo del Apocalipsis, aquel Jeremías en pequeño del sobrado metía también mucho jaleo.

II
No se sabe con exactitud qué es la Temporada; únicamente hay quien cree saber que es literatura de altos vuelos, pues esas dos voces, la del rey adorante y la del profeta que ha perdido los estribos, compendio de toda la literatura, en ella se encaran. Ha sido más comentado que los Evangelios; y en lo que si es canto celestial o blasfemia, la cosa no acaba de estar del todo clara; es una renunciación que no renuncia; no están desenredados el sí y el no; e inclinados sobre ella con los bonetes de seda calados desenredamos interminablemente ese sí de ese no. Dicen que es un escollo en el que tropieza todo Occidente; que todas sus contradicciones dan vueltas aquí como en una rueda de molino, aquí se desmenuzan como lo hace el agua en la rueda, de aquí salen intactas como lo hace el agua en la rueda. Igual que sucede con el agua en la rueda, queda claro que hay una exultación; no es posible determinar si supone la liquidación de Occidente o si vuelve a darle impulso; pero, con o sin razón, todo el mundo está de acuerdo en que fue cosa milagrosa el haber escrito a los diecinueve años, en un sobrado de las Ardenas, ese puñado de cuartillas herméticas como Juan, abruptas como Mateo, forasteras como Marco, pulidas como Lucas; y, como Pablo de Tarso, agresivamente modernas, es decir, hostiles al Libro, rivales del Libro. Y, desde luego, algo les falta: pues esas cuartillas no tienen más modelo evangélico que el propio yo, el pobre y vacuo yo, por más que sea otro, no el otro auténtico, el piojoso, el ilustre nazareno. Es posible que, comparada con el Evangelio, la Temporada sea una antigualla. Qué más da; ahora es uno de nuestros Evangelios. Triunfó el Jeremías en pequeño, pudo con la literatura sin salirse de ella, nos tiene atrapados.

III

Escribió la Temporada.
Puedo imaginármelo saliendo de noche al corral de Roche, cuando ya estaban acostados los segadores. Él también ha trabajado mucho y bien. Es julio, el tiempo de las estrellas grandes; hay, bajo las estrellas, almiares oscuros como en las historias de Booz. Ahí está Rimbaud aunque no se le vea: con el pelo revuelto, los ojos de par en par, con sus manazas, con los rasgos todos cautelosos, sigilosos, como postulados, en la fresca oscuridad de la noche. Está sentado en el suelo, apoyado en ese almiar. Oímos que habla. Dice frases que escribió durante el día, con enorme emoción difícilmente comparable a cualquier otra en el mundo desde que Dios se ausentó del corazón de los humanos. Y si es que hay potestades en el aire, y si, como lo afirma el poema de Booz, sienten especial preferencia por retozar en las noches de siega, reconocen esa honda conmoción que oyeron antaño en Judea, en Roma, en Saint-Cyr, en todos los lugares en que con emoción se imprimió cadencia a la lengua. La conocen. También nosotros la conocemos, sabemos que existe; mas no sabemos en realidad en qué consiste. No sabemos en realidad qué es lo que brinca en ese corazón de hombre voluntarioso o de hembra, al unísono de las palabras que le dan vueltas en la boca. Las estrellas, atentas, distraídas, parpadean. La voz en la oscuridad les recita la Temporada a las estrellas. La manaza se cierra, la emoción crece, la voz llama a las lágrimas. Sabemos que esa emoción existe. Es quizá una alegría de diciembre. ¿Será acaso potestad? ¿Será que ahora es ya Rimbaud el maestro de todos los demás, de Hugo, de Baudelaire, de Verlaine y del bueno de Banville? ¿Será guerra? ¿Será que ha dado en tierra con el aparejo de doce pies que nos mantenía erguidos, que ha desbaratado el antiguo protocolo y nos deja a todos sin protocolo, impotentes y taciturnos, como almiares en la oscuridad de la noche? ¿Será la agria alegría de haber convertido el poema en ese objeto tan tieso, sombrío y vano, taciturno, despreocupado de los hombres como un almiar en la oscuridad de la noche? ¿Será gloria, lejos de los almiares y de los hombres, para las estrellas, como las estrellas? ¿Será junio? ¿Será el sanctus? ¿Será la dulce alegría de haber hallado la plegaria nueva, el nuevo amor, el nuevo pacto? Mas ¿con quién? Las estrellas danzan entre las frondas oscuras. La casa está más oscura que la noche. ¡Ay! Será a lo mejor que al fin te he alcanzado y te tengo abrazada, madre que no me lees, que duermes a pierna suelta en el pozo de tu cuarto, madre para quien ideo esta lengua huera en la inmediata cercanía de tu luto inefable, de tu barrera sin salida. Es que ensancho la voz para hablarte desde muy lejos, padre que nunca me hablarás. ¿Qué es lo que hace que la literatura se reanude sin fin? ¿Qué es lo que impulsa a los hombres a escribir? ¿Los demás hombres, sus madres, las estrellas, o las antiguas cosas inmensas, Dios, la lengua? Las potestades lo saben. Las potestades del aire son ese sutil viento entre las hojas. La noche avanza. Se alza la luna, no hay nadie apoyado en el almiar. Rimbaud, en el sobrado, entre cuartillas, se ha vuelto de cara a la pared y duerme con sueño de plomo.

(Pierre Michon. Rimbaud el hijo. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Barcelona, Anagrama, 2001. Edición original: Rimbaud le fils. París, Éditions Gallimard, 1991. NOTA: la disposición del texto o textos en tres apartados, a saber: I, II y III, es responsabilidad nuestra. Como suele suceder con todos los libros de Pierre Michon, este de Rimbaud el hijo es –digno de ser— enteramente citable)