jueves, 1 de julio de 2010

La destrucción o el amor


Un mes de junio --o tal vez cuarto día de mayo-- de 1935, organizado por Gerardo Diego se celebra en el restaurante Biarritz de Madrid un homenaje a Vicente Aleixandre, debido a la aparición de La destrucción o el amor (Madrid, Signo, 1935; edición princeps 1934), libro de poemas que dos años antes había obtenido el Premio Nacional de Literatura. Además de Pablo Neruda, Pedro Salinas, Luis Rosales o María Zambrano, asistió al convite el joven poeta oriolano Miguel Hernández (de cuya vida y poesía celebramos cien años), ya por entonces amigo del siempre generoso y deslumbrante Vicente Aleixandre (de quien se cumplen veinticinco años de su muerte): la lealtad inquebrantable de Aleixandre a la memoria de Miguel Hernández o Federico García Lorca, como a la de otros poetas e intelectuales “ajusticiados”, encarcelados o exilados, fusilados o caídos en combate, justificaría por sí sola la concesión del Premio Nobel en 1977, sin tan siquiera considerar su clarísima hospitalidad y tolerante maestría para con varias generaciones de poetas hispánicos, que convertirían su casa de la madrileña calle Velintonia (nº 3), hoy de Vicente Aleixandre, en La casa de la poesía (evitemos hablar --la lengua mordida-- de lo que sucedió luego de su muerte y ha venido sucediendo con esa casa, prueba última e irrefutable de la importancia y trascendencia que tiene la poesía en un país que se ufana a cada rato, en su particular elogio de la estulticia, de haberse convertido en un lugar culto y civilizado), o bien, y es lo más importante, la alta valía y excelencia de su propio quehacer poético. Junto a los verdes caballos nerudianos, a Miguel Hernández el erotismo de corte surrealizante y novísima modernidad, el versolibrismo aparente (los versículos se alternan o contienen versos tradicionales como el endecasílabo y el alejandrino) y la impecable factura del poemario aleixandriano, que venía leyendo desde mucho tiempo atrás, le maravillaron por completo e incitaron --obviemos por decoro le surréaliste amor fou par Maruja Mallo-- a componer y recomponer los poemas amorosos que reuniría en El rayo que no cesa (Madrid, Héroe, 1936). Sirvan estas palabras, y el poema que a continuación transcribimos, como parco homenaje y vivísima remembranza de La destrucción o el amor (en el vaivén de la disyuntiva, la explicación y la declaración, esa o es una bomba de relojería), libro necesario, por luminoso y hondamente romántico (deliciosa paradoja), para todo poeta adolescente, es decir, para todo adolescente y para casi cualquier poeta.

Cuerpo feliz que fluye entre mis manos
rostro amado donde contemplo el mundo,
donde graciosos pájaros se copian fugitivos,
volando a la región donde nada se olvida.

Tu forma externa, diamante o rubí duro,
brillo de un sol que entre mis manos deslumbra,
cráter que me convoca con su música íntima, con esa
indescifrable llamada de tus dientes.

Muero porque me arrojo, porque quiero morir,
porque quiero vivir en el fuego, porque este aire de fuera
no es mío, sino el caliente aliento
que si me acerco quema y dora mis labios desde un fondo.
Deja, deja que mire, teñido del amor,

enrojecido el rostro por tu purpúrea vida,
deja que mire el hondo clamor de tus entrañas
donde muero y renuncio a vivir para siempre.

Quiero amor o la muerte, quiero morir del todo,
quiero ser tú, tu sangre, esa lava rugiente
que regando encerrada bellos miembros extremos
siente así los hermosos límites de la vida.

Este beso en tus labios como una lenta espina,
como un mar que voló hecho un espejo,
como el brillo de un ala,
es todavía unas manos, un repasar de tu crujiente pelo,
un crepitar de la luz vengadora,
luz o espada mortal que sobre mi cuello amenaza,
pero que nunca podrá destruir la unidad de este mundo.

(Vicente Aleixandre. "Unidad con ella", La destrucción o el amor. Madrid, Signo, 1935. Recomendamos la edición --es todo un clásico-- que viene publicando, junto con Espadas como labios, la Editorial Castalia, desde el año, si mal no recuerdo, 1972. Imagen: Óleo sobre lienzo de Ramón Casas, Desnudo, 1903).