viernes, 4 de junio de 2010

Retrato fragmentario de Édouard Levé


De adolescente creía que La vida, instrucciones de uso me ayudaría a vivir, y Suicidio, instrucciones de uso, a morir.

Me cuesta un tiempo darme cuenta de que alguien se porta mal conmigo, tan sorprendente me parece que me pase algo así: el mal es en cierto modo irreal.

Describir mi vida con precisión me llevaría más tiempo que vivirla.

He engañado a dos mujeres, se lo dije: a una le dio igual, a la otra no. Bromeo con la muerte. No me gusto. No me detesto. No me olvido de olvidar.

No puedo escribir tranquilo si no tengo nada comestible en el frigorífico.

Cuando vuelvo de viaje, el mejor momento no es ni el paso por el aeropuerto ni la llegada a casa, sino el trayecto en taxi que los une: todavía es viaje, pero ya no del todo. Desafino al cantar, de ahí que no cante. Como soy gracioso, se creen que soy feliz.

No puedo dormir con una persona que se mueva, que ronque, que respire fuerte o que tire de las sábanas. Puedo dormir abrazado a una persona que no se mueva.

En el tren, sentado en el sentido contrario a la marcha, no veo las cosas llegar sino irse. No preparo mi jubilación.

No le presto atención a la cantidad de dinero de mi cuenta bancaria.

Las películas de Ready-made proyectadas por Jean-Marc Chapoulie me han hecho reír más que la mejor de las comedias. He intentado suicidarme en una ocasión, he intentado intentar suicidarme en cuatro ocasiones.

Se me ocurrió el proyecto de un libro-museo de la escritura vernácula en el que se copiarían, clasificados en categorías, mensajes escritos a mano por desconocidos: anuncios de animales perdidos, justificaciones puestas en los parabrisas dirigidas a los guardias para no pagar el parquímetro, llamamientos desesperados en busca de testigos, indicaciones de cambios de propietario, mensajes de oficina, mensajes domésticos, mensajes dirigidos a uno mismo.

Me puedo sentir más incómodo con alguien amable que con alguien cruel. Los malos recuerdos de mis viajes son más divertidos de contar que los buenos. Que un niño me llame “señor” me desconcierta.

Me masturbo menos con imágenes delante que con recuerdos.

Las historias de amor me aburren. No cuento mis historias de amor. Hablo poco de las mujeres con las que estoy.

Una mujer vino a reencontrarse conmigo en un país lejano después de un mes y medio sin vernos, en unos instantes comprendí que no la quería. En la India viajé una noche entera en un autocar con un suizo al que no conocía de nada, atravesamos las llanuras de Kerala, le conté más cosas por iniciativa propia en unas horas que a mis mejores amigos en años, sabía que no volvería a verlo…

Algunos uniformas me gustan, no por lo que encarnan sino por su sobriedad funcional. En una ocasión le anuncié una buena nueva que me concernía a una persona a la que quiero, y me di cuenta con estupor de que se había puesto celosa. No me gustaría que mis padres fuesen famosos. No soy guapo. No soy feo.

Me gusta mi voz cuando me levanto después de haber bebido o estando con gripe. No tengo necesidad de nada.

Me gustaría no tener barba para no tener que afeitarme. No voy buscando honores, no respeto las distinciones, soy indiferente a la recompensa. (…) Le tengo simpatía a la gente desgraciada. No me gusta el paternalismo. Me siento más cómodo entre viejos que entre jóvenes.

No soy capaz de retener los nombres de las personas a las que me acaban de presentar. (…) A menudo he querido. Me quiero menos de lo que me han querido. Me sorprende que me quieran.

No se cortar a un interlocutor que me aburre.

Me gusta la lluvia de verano. Los fracasos de los demás me ponen más triste que los míos. Los fracasos de mis enemigos no me alegran.

El amor me reporta placeres enormes pero me lleva demasiado tiempo.

(Édouard Levé. Autorretrato.
Traducción de Julia Osuna Aguilar.
Madrid, 451 Editores, 2009).