martes, 9 de junio de 2009

Ada Salas

Dame seca la sed para invocarte / olvido. El coro de las cosas entona / su reclamo. Se acercan en bandadas / los ruidos de los hombres. A través del balcón / resplandece la tarde. / Dame / no respirar. // Para siempre renuncio a la certeza.
Ya no será la paz. // Han besado / mis ojos // tu terrible desnudo.
Como piedra obstinada en el vuelo / contemplo la caída // desde el alto lugar de la derrota.
Pon un beso en mi boca. // Ámense / tu silencio y el mío.
Hay libros que se escriben sobre la carne misma. / Son esas cicatrices que nos hablan / y sangran / cuando el tiempo se rinde a su derrota / un puñado de signos que apenas / comprendemos / y eran el beso intacto de la vida.
Ven. // Ámame. // Acaricia este amor. / Arráncale las alas de la muerte.
A qué región me llegaré a buscarte / ahora que reposas a mi lado / en forma de deseo / hombre / cuya belleza apenas / conocía. Cada día me ciñe / su cilicio de ausencia. / Me has herido de vida desde toda / tu muerte / y no hay sueño bastante a tu vacío.
Qué tierra la del náufrago // sino la gran profundidad / que mece su miseria.
Estos que veis aquí / fueron mis ojos. Para nada / los quise. Fulgía como labio / la memoria. / Con un deseo puro / todavía // aguardo fieramente naufragar en la sombra.
O todo lo que vi // estaba ya deshecho / cuando yo lo abrazaba.
Nada sé de los hombres. / Han hecho de mi casa / su morada. De mi cuerpo / su pan. Han llenado su vientre / con mi hambre // y me han dejado ciega / febril // multiplicada. // Multiplicada el hambre. / Intacta / su avaricia.
Contempla cómo huyen las palabras. / Descansa sobre el polvo que deja / la memoria. Que todo tu dolor // te pertenezca.
Aquí // fluye sólo el silencio / inconsolable.
(Ada Salas. No duerme el animal. 
Poesía 1987-2003. Madrid, Hiperión, 2009)