viernes, 15 de junio de 2007

De Melancholia, tres

I
(10 de abril de 1936)
Sólo así se explica mi vida actual de suicida. Y sé que estoy condenado para siempre al suicidio ante todo obstáculo y dolor. Es esto lo que me aterra: mi principio es el suicidio, nunca consumado, que no consumaré nunca pero me halaga la sensibilidad.
(Cesare Pavese. El oficio de vivir.
Traducción de Ángel Crespo.
Barcelona, Seix Barral, 1992)
II
Desde la mar
serena de tus ojos
las anochecidas sirenas
del suicidio
vomitando anclas
en los remansos de la melancolía.
(Fernando Nombela. Pecios en aire de narciso.
Madrid, Sociedad de Nuevos Autores, 2003)

III


(30 de noviembre de 1937)

Y sin embargo no acierto a pensar una vez en la muerte sin temblar ante esta idea: vendrá la muerte, por causas ordinarias, preparada por toda una vida, infalible, tan verdad es que vendrá. Será un hecho natural como el de hacer la lluvia. Y a esto no me resigno: ¿por qué no se busca la muerte voluntaria, que sea una afirmación de libre elección, que exprese algo? ¿En vez de dejarse morir? ¿Por qué?
(Cesare Pavese. Ibid.)
IV

EL SUICIDA
No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.
(Jorge Luis Borges. La rosa profunda.
Buenos Aires, Emecé, 1975)

V
Espejos soñados,
transparentados en su sueño
donde la soledad se transparenta.
Mirada triste y penúltima,
como niño en recreo
tus ojos en mis manos:
taller de la melancolía.
Entonces espejos, rotos espejos.
(Fernando Nombela. Ibid.)
VI
Se suicida aquel que no puede cumplir con el modelo de sí mismo que se ha trazado, o lo que es más grave, que le han trazado y del que no puede liberarse construyéndose otro. En todo suicidio hay la negativa de aceptarse a sí mismo incluyéndose en ese sí mismo no sólo el propio cuerpo y el alma propia, sino también el mundo que pertenece al presunto suicida. El suicida está como encarcelado entre el “debe” –repertorio de imperativos morales— y el abismo despersonalizado de los instintos, ese “no man´s land” donde no acaba de reconocerse. Es la situación contradictoria cumbre, pues el acto suicida es radicalmente biográfico porque se trata de una muerte proyectada en el plazo fijo del disparo; pero es un proyecto hacia atrás, eminentemente vengativo y niega lo que es constitutivo al proyecto; ir hacia delante, futurizar.
(Mario Parajón. Eugenio Florit y su poesía.
Madrid, Ínsula, 1977)
VII
(poco antes de morir
por propia mano
en Turín el 27 de agosto de 1950)

Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más.
(Cesare Pavese. Ibid.)