martes, 13 de febrero de 2007

Escribir


I
 


No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento --creo entreverlo en sueños--, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, la renovación de nuestras fuerzas cuando aquéllos pasan; escribir sobre la penosa búsqueda del yo, amenazada por un extraño en correos, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla del tren; escribir sobre los continentes y las poblaciones de nuestros sueños, sobre el amor y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo.

(John Cheever . Diarios.
Traducción de Daniel Zadunaisky.
Barcelona, Emecé Editores, 1993)

II


Un libro abierto también es la noche.
Estas palabras que acabo de pronunciar me hacen llorar, no sé por qué.
Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No: con la desesperación. Qué desesperación, no sé su nombre. (...)
Todo escribe a nuestro alrededor, eso es lo que hay que llegar a percibir; todo escribe, la mosca escribe, en las paredes, la mosca escribió mucho a la luz de la sala, reflejada por el estanque. La escritura de la mosca podría llenar una página entera. Entonces sería una escritura. Desde el momento en que podría ser una escritura, ya lo es. Un día, quizás, a lo largo de los siglos venideros, se leería esa escritura, también sería descifrada, y traducida. Y la inmensidad de un poema legible se desplegaría en el cielo. (...)
Escribir es intentar saber que escribiríamos si escribiésemos --sólo lo sabemos después-- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. También la más habitual. (...)

La escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.
(Marguerite Duras. Escribir.
Traducción de Ana María Moix.
Barcelona, Anagrama, 1994).

III

Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse. (...) Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal. ¡Y entonces cayó el látigo!

(Truman Capote. Música para camaleones.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.
Barcelona, Anagrama, 1998).

IV


Toda escritura es una marranada.

Las personas que salen de la nada intentando precisar cualquier cosa que pasa por su cabeza, son unos cerdos.

Todos los escritores son unos cerdos. Especialmente los de ahora.

(Antonin Artaud. El pesanervio.
Traducción de Marcos-Ricardo Barnatán.
Madrid, Visor, 1976)

V


Le dije algo, más por hacer conversación que por otra cosa, sobre la escritura como secreto, pero no reaccionó: era obvio que para ella no era un secreto. Se me ocurrió decírselo pensando en mí a su edad: escribir no fue casi otra cosa que un secreto.

(César Aira. Cumpleaños.Barcelona, Mondadori, 2001)

VI


¿Lo que más admiro de un escritor? Que maneje fuerzas que lo arrebaten, que parezca que van a destruirlo. Que se apodere de ese reto y disuelva la resistencia. Que destruya el lenguaje y que cree el lenguaje. Que durante el día no tenga pasado y por la noche sea milenario. Que le guste la granada, que nunca ha probado, y que le guste la guayaba que prueba todos los días. Que se acerque a las cosas por apetito y que se aleje por repugnancia.

(José Lezama Lima. “Introducción a la Esferaimagen”, en La posibilidad infinita. Archivo de José Lezama Lima. Edición de Iván González Cruz. Madrid, Verbum, 2000. En la imagen, José Lezama Lima con el Gran Cronopio en un café de Paradiso).

VII


(BERNARD)

Debo abrir la trampilla, y debo dejar que salgan las frases encadenadas a las que hago discurrir juntas, pase lo que pase; de suerte que en lugar de incoherencia haya un hilo tornadizo que se perciba, que junte tenuemente una cosa con otra. (...)

¡Qué cansado estoy de los cuentos!, ¡qué cansado estoy de esas frases que descienden con hermosura y posan los pies en la tierra! (...)

He inventado millones de historias, he llenado innumerables cuadernos con frases que debería utilizar cuando haya encontrado esa historia. Comienzo a preguntarme: ¿Hay historias? (...)

No son como los poetas: chivos expiatorios. No están encadenados a la roca. De ahí el silencio, lo sublime.

(Virginia Woolf. Las olas. Traducción de Dámaso López.
Edición de María Lozano. Madrid, Cátedra, Col. Letras Universales, 1994)

VIII


Escribir no lleva a la miseria; nace de la miseria (Michel de Montaigne);

Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, o los que no pintan o componen música, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana (Graham Greene);

Escribir significa poner en palabras toda la vida que se respira en este mundo (Italo Calvino);

Sí, escribir me sirvió de consuelo (Primo Levi);

No escribo nunca sobre las cosas que he visto; escribo sobre las que he soñado (Lord Dunsany);

La admiración por los libros me llevó a escribir. Yo admiraba a la gente por transferencia (Juan Benet);

Escribo para evitar que al miedo de la muerte se agregue el miedo de la vida (Augusto Roa Bastos);