jueves, 28 de julio de 2016

El arte de desaparecer (X)


Dios me ha dado el ser para que yo se lo devuelva. Es como una de esas pruebas que parecen trampas, tan frecuentes en los cuentos infantiles y en las historias de iniciación. Si acepto la dádiva, resulta malo y fatal; su virtud aparece con la negativa. Dios me permite existir fuera de él. Soy yo quien ha de rechazar esa autorización. La humildad es la negativa a existir fuera de Dios. La reina de las virtudes.

El yo no es más que la sombra proyectada por el pecado y el error, los cuales se interponen ante la luz de Dios, ya los que yo tomo por un ser. Aunque pudiéramos ser como Dios, más valdría formar parte del barro que le obedece.

Ser para Cristo lo que el lapicero es para mí cuando con los ojos cerrados palpo la mesa con su punta. Tenemos la posibilidad de actuar de mediadores entre Dios y la parte de creación que se nos ha confiado. Es obligado nuestro consentimiento para que él perciba a través nuestro su propia creación. Con nuestro consentimiento realiza esta maravilla. Bastaría con que yo me retirara de mi propia alma para que esta mesa que tengo ante mí tuviera la incomparable fortuna de ser advertida por Dios. Dios no puede querer de nosotros más que ese acceder a retirarnos para que le dejemos pasar, igual que él, creador, se retiró para dejarnos ser. El sentido de esta doble operación no es otro que el amor, como la paga que el padre le da al hijo para que luego éste Se permita hacerle un regalo a él el día de su cumpleaños. Dios, que no es más que amor, no creó más que amor.

Todas las cosas que veo, oigo, huelo, como y toco, todos los seres que conozco, a todos les privo del contacto con Dios, y a Dios le privo del contacto con todo ello en la medida en que algo en mí dice yo.

Algo puedo hacer yo por todo ello y por Dios, a saber, retirarme, respetar ese cara a cara.

El estricto cumplimiento del deber simplemente humano es condición para que yo pueda retirarme. Poco a poco voy trazando las cuerdas que me retienen aquí y me lo impiden.

No puedo concebir la necesidad de que Dios me ame mientras sienta con tanta claridad que, incluso en los seres humanos, su afecto por mí no puede ser más que una equivocación. Pero no me cuesta nada imaginar que prefiere esa perspectiva de la creación que sólo puede verse desde el sitio en que estoy yo. Sin embargo, yo hago de pantalla.

Debo retirarme para que pueda verla. Debo retirarme para que Dios pueda entrar en contacto con los seres que el azar pone en mi camino, a los cuales ama. Mi presencia es indiscreta, como si me hallara en medio de dos amantes o dos amigos. Soy, no la joven que espera a su novio, sino el tercero inoportuno que está con los dos y ha de marcharse con el fin de que ambos puedan estar verdaderamente juntos.

Con tan sólo saber desaparecer, se daría una perfecta unión amorosa entre Dios y la tierra que piso o el mar que oigo...

¿Qué importan la energía, los dones, etc., que haya en mí? Bastante tengo ya con desaparecer.

Y al privar a mis ojos de claridad, la muerte
vuelve pura la luz por ellos mancillada...
(Racine. Phèdre. Act. V, esc. 7)

No deseo que este mundo creado ya no me sea sensible, sino que no sea por mí por lo que sea sensible. A mí no puede revelarme su secreto, demasiado elevado. Váyame yo, e intercambien sus secretos el creador y la criatura.

Ver un paisaje tal como es cuando no estoy allí...

Cuando estoy en algún sitio, profano el silencio del cielo y de la tierra con mi respiración y los latidos de mi corazón.

(Simone Weil. La gravedad y la gracia. Traducción, introducción y notas de Carlos Ortega. Madrid, Trotta, 1994)