martes, 25 de noviembre de 2014

La infancia es el amuleto (tres poemas de Beatriz Russo)


La niña que fuiste
--la que serás-- me distrae
de la que eres.
(F. N)

I

Entre la mujer y la primera niña hay un espacio de arena y vidrio. Gira el tiempo en su moción irreverente como un diábolo de esquirlas. Me incomoda su simetría. La nebulosa se origina cuando agito la tempestad que hay en mi mano. Entonces se enturbia el agua en su esfera de luz. Copos de tinta negra flotando como cadáveres tempranos. Son los insectos oscuros de la fiebre. Chocan contra la membrana del tránsito entre relojes. Van dejando sus vísceras sobre el parabrisas de un llanto. Llueve o lloro. Es lo mismo. La nada no tiene sangre, tan solo permanece en su canto.

II

Caminemos justas hacia el otro lado con la parsimonia
de una emperatriz encinta.
En tu vientre aún se mece aquella niña antigua
que no entendía el lenguaje de las aves.
Sálvate como a tu hija y camina por esta vereda
de latón y barro.
Recuérdate en la voz de los arrullos,
cuando desnuda en la liquidez amniótica te pensaban
con el mismo rostro de tu madre.
Toca tu vientre ahora, siente su caricia esférica
y escucha el canto prematuro.
Que se instale lo sagrado sobre tu piel,
y que deje la impronta del gozo en comunión
con sus clamores.

III

La niña cedió su alma a la conjetura de la seda. Pudo haber sido larva en el brote de una lanza, pero en su cuerpo ya se aglutinaba el suave plumaje de las aves. La tempestad en la sangre viva. El temblor de los caparazones resquebrajándose frente al sol. El pecho supo entonces de su herida y se abrió como una ventana ofreciéndose al crepúsculo.

Entonces emergieron dos alas que brillaban como escamas de algodón de arce y se desplegaron con la inmediatez de su propia luz. Amanecía tras un telón de sombras anticipándose el auspicio de la tarde.

Su resplandor resurgió en mis venas para confundirlas con el alabastro de las sacerdotisas. Yo me quedé inmóvil, como quien atiende a la primera voz tras el silencio. Y la niña me miró con la misericordia de los ángeles redentores.

Le tendí mi mano, consciente de la despedida, y me arrodillé con la misma devoción de las vestales cuando ven las llamas complacidas.

La niña se despidió con el canto de un Sirin que ha de sobrevolar la Estepa.

Y desapareció entre la vertiente del único árbol que desembocaba en el cielo.

(Beatriz Russo. Nocturno insecto.
Madrid, Tigres de Papel, 2014)

Tuya es la llave de la luz.
(Beatriz Russo)