jueves, 9 de agosto de 2012

Paco de Lucía


Antonio Sáchez Pecino nació en Algeciras el día 5 de febrero de 1908 y murió en Madrid el 23 de junio de 1994. Luzia Gómez Gonçálves nació en Castro Marín (Portugal) el día 4 de junio de 1911 y murió en Madrid el 17 de agosto de 1997. Lucía y Antonio se casaron en Algeciras en el año 1934. Hicieron cinco hijos: María (1935), Ramón (1938), Antonio (1942) y Francisco (1947). Dijo María: “Mi abuela María se quedó viuda con nueve hijos y trabajó como una fiera”. El poeta Juan José Téllez escribió sobre Paco de Lucía y su familia un libro primordial: en él vemos a la madre de Paco trabajando también como una fiera: en fin, desde la infancia. Los años pasan por la pantalla de vivir, dentellados y sonámbulos como fieras sonámbulas: “Antonio Sánchez Pecino iba a casa de Marín para escuchar de tapadillo las emisiones de Radio Pirenaica (…). En los primeros meses de guerra fue detenido y llevado al cuartel”. “Allí era donde encerraban a los que cogían para fusilar [dice María]. Mi padre está vivo de milagro, porque aquella noche llegó un guardia que le decían Puño de Hierro, que lo reconoció y que dijo que a aquel muchacho lo pusieran en la calle, porque no había hecho nada malo. Mi padre siempre me decía que no se le había quitado el miedo de la guerra. Con decirte que estuvo un tiempo escondido en el Majar Alto. No es para menos, porque al otro día de haberlo sacado del cuartel se llevaron a todos los que estaban allí en unos camiones hasta las tapias del cementerio, y los fusilaron”. Es imposible conocer a un pobre que no conozca el miedo. No recuerdo ni uno. Sí recuerdo algo que no he visto jamás: los dedales de Lucía: uno para coser, otro para medir el aceite limosno de los guisos. Mirad bien los escudos nobiliarios de las familias pobres: hay un dedal en todos ellos: el dedal del aceite. “Mi padre [rememora María] tenía ocho años y una tía suya se lo llevó al campo, que tenía siembra. Lo puso a dormir, con esa edad, en una habitación aparte, en medio del campo. Dice mi padre que se levantaba de noche, tiritando de miedo. Lo ponían en el campo, con un burro, y venía al pueblo desde El Alcabuchal, a buscar basura para echarle el abono a las tierras”. No lo quebraron el miedo, la soledad ni la necesidad: mientras sembraba hijos en el vientre de la Lucía, uno dos tres trabajos simultáneos llevó adelante aquel primogénito del sudor de la frente: vendía frutas y verduras en un puesto de la Plaza de Abastos, vendía telas casa por casa y, por las noches, tocaba la guitarra en Bolonia o en El pasaje Andaluz. ¿Cuándo y cuánto dormía Antonio Sánchez Pecino? Siempre dijeron que tenía un carácter estricto. ¡Cómo carajo iba a tener un carácter afable, con esa infancia, con tanto facha suelto y con tres chorros de sudor en las sienes! Hacia 1956, una mañana llegó a su casa tras una noche de trabajo en un cabaret. Traía la guitarra desbaratada por un puntapié de un borracho. Un señorito de mierda. Uno de esos forrados de desprecio que se divierten pronunciando Usté no sabe quién soy yo. Lo dijo aquella noche con la punta de su zapato, tal vez con el botín de media caña. ¿Quién sería aquel lujo del olvido, tan importante en la intrahistoria del Flamenco? Nadie lo sabe, nadie recuerda el nombre con el que lo cristianaron cuando aún era inocente. El tiempo a veces es flamenco: tiene memoria del dolor y tiene la piedad por costumbre. ¿Quién fue aquel infeliz? No lo sabremos nunca: alégrate, especie de infortunados. Aquella mañana, Paco de Lucía ya había empezado sus ejercicios de digitación con sus dedos de nueve años cuando llegó su padre con la guitarra destrozada y con la humillación lacrada sobre el rostro como una garrapata. Con sus ojos de nueve años vio de una sola vez la cara de su padre, la historia del desprecio, la piedad feroz del Flamenco. “El tiempo [dijo Rilke] es como la recaída de una larga dolencia”. Y en esta vida hay ocasiones maravillosas como canicas de cristal en que el tiempo errabundo no desconoce los caminos de la venganza: en octubre de 1989, Paco de Lucía desembarcó en el aeropuerto de Sevilla. Un taxi lo llevó al hotel. Actuaba al día siguiente. En el cartel se anunciaba, con letras poderosas, la actuación de Julio Iglesia y Plácido Domingo. Las letras que juntaban el nombre de Paco de Lucía eran pequeñas, encogidas, como si hubieran pedido una limosna y las hubieran espantado a escobazos. El artista flamenco anticipó la fecha del pasaje y se fue sin tocar la guitarra. Todos los recordáis: hubo Prensa, polémica, aplausos, extrañeza, conjeturas, reproches. Casi nadie entendió que el guitarrista hubiese abandonado sobre la mesa del organizador un cheque que valía cinco millones de pesetas. Los más juiciosos o los más viejos, que a menudo coinciden, proponían dejar que el acertijo lo resolviese la sospecha: “Debe de tener un motivo muy serio…” Lo tenía: vio el rostro del Flamenco, cicatrizado por el desdén de la ignorancia y la estupidez de la soberbia; vio la arrogancia indescifrable que restregaba su baba de desprecio (y de envidia) contra la guitarra flamenca; vio a su rotunda casta, castellanos, calés, cuchichís… artistas, artesanos o jornaleros del Flamenco untando humillación y angustia en su sagrado pan y en su sagrado aceite y en su sagrado cafelito con dos o tres churritos y en su sagrada copita de aguardiente; vio el esplendor de un idioma majestuoso herido sin embargo por una multitud de amos y de sirvientes del Poder… y vio la cara de su padre. ¡Oh venganza sin sangre, bienvenida a este mundo, corazón! Treinta y tres años, uno sobre otro, todos calmos como el aceite, sigilosos como la almendra de la música, a compás como los pulmones del sueño. La humillación de Antonio Sánchez Pecino ya estaba sepultada bajo grandes paletadas de orgullo. Resucitó entre las letras del cartel, como la cabeza de un monstruo empapada en los légamos de una condenación que resbalaban gotas de fósforo mojado y chorreones del azufre decoroso de la memoria. Paco de Lucía, con un pañuelo blanco limpió los líquenes remotos y las brasas resurrectas y heladas del rostro de su padre. Besó el pañuelo y dijo: “Sí, padre. No te preocupes, padre”. Y se fue. Casi otros veinte años han ocurrido desde aquel acontecimiento. De forma soñolienta, implacable y cansada, recuerdo con desánimo insolente que Julio Iglesias y Plácido Domingo no pronunciaron ni una sola palabra. El uno era un maestro de la canción melódica, el otro un gran tenor. Y Paco de Lucía sólo era el músico más grande de toda la historia del Flamenco. ¿Y si algún día Julio y Plácido llamasen a Paco de Lucía para decirle que lo admiran? Bastarían “unas pocas palabras verdaderas”. Estamos aguardando, haciendo oído desde el interior de un escándalo de letras desiguales. No me refiero a Paco. Su angustia está tranquila. Me refiero al Flamenco. A ese océano de dolor y perdón transfigurado en lenguaje y consuelo. Uno de los lenguajes más hermosos del mundo. Un consuelo que pone besos de sombra incandescente y de rebelde azúcar sobre las llagas de la infancia. Resumiendo la obra entera de Freud, nos dijo Paco de Lucía: “Uno es lo que es su infancia. Ahí está la llave”. …¡Infancia de mi nombre, hijopaterno de mi adulto: alégrate! ¡Alégrate, que cuando seas mayor la música flamenca te lamerá en la cara el tizón de la pena! ¡Sonríe, chaval, que ya verás cuando tú toques la guitarra, y lleguen la belleza y el dolor y la rabia de la música de Paco de Lucía! ¡Alégrate, hijopaterno de mi cabeza enterrada en mis canas, porque tendrás que abandonar en la cuneta a tu guitarra Mesalina y ver y oír cómo ruge porque ya no le abres la puerta de los muslos! ¡Alégrate con el desgarramiento de ver cómo le crecen muñones a tus manos… y alégrate con la felicidad de haber nacido en la Era del Flamenco! ¡Unta de pomada este chirrido, de reposo a tu susto en el sillón miseronobiliario de esta profunda música del mundo! …Lucía de Antonio y Antonio de lucía: ¿notáis cómo un beso melómano cae de orgullo y en vilo sobre vuestra ceniza? …Fue entonces cuando mi colega Juan José Téllez Rubio alzó la mano desde el libro y dijo esta sentencia: “…Este chamán viene de antiguo. Paco viene de antiguo, llamaba a los bisontes en la tiniebla del Paleolítico, heredó un sitar que construyeron en Bagdad, oyó cantar a los belgas cuando los Tercios de Flandes, lloró cuando acompañaba el féretro de Mozart, se juntó con Enrique El Mellizo, saludó a Chacón, se emborrachó con Torre, estuvo sentado al mismo piano de Lorca y de Falla, lo echaron del Cotton Club, fue negro con Bola de Nieve… ¡Relámpagos de ritmo y destellos de angustia!

(Félix Grande. Fragmento de “Criatura de dolor”, en  Libro de familia.
Madrid, Visor, Col. Palabra de Honor, 16, 2012).