miércoles, 15 de agosto de 2012

El profesor de literatura


La formación de profesor consistía exactamente en ponerse ante un aula de estudiantes universitarios y pedirles que leyeran varios relatos y novelas previamente escogidos y analizados entre nosotros bajo la supervisión de un profesor, y luego, tres días por semana, enseñar. Enseñar ficción. Y descubrí que mi problema consistía en la imposibilidad de imaginarme lo primero que tenía que hacer, porque, con independencia de la forma de transmitirlo a otro ser humano, ignoraba cómo leer.

Claro que había leído muchísimo. Me consideraba lector y esperaba ser escritor. Me había especializado en inglés en una gran universidad del Medio Oeste y había terminado con buenas cualificaciones. Durante un año había “enseñado” inglés en un instituto de bachillerato y había trabajado como redactor de la revista Hearst Corporation. Parecía, pues, que tenía la suficiente experiencia para ponerme ante un aula de muchachos de dieciocho años. Sólo cuando empecé a preparar las clases descubrí que no tenía ni idea.

Todavía puedo decir qué era lo que sabía entonces sobre literatura de ficción, un conocimiento adquirido casi íntegramente en la universidad. Conocía ciertos términos: los personajes eran las personas de la ficción; los símbolos eran los objetos de los relatos a los que se adhería un significado adicional (por ejemplo, en Huckleberry Finn, la balsa era un símbolo); el punto de vista, entendía yo, no se refería a la opinión de un personaje acerca de algo, ni a la del autor, sino el significado de lo que el relato contaba; primera persona, ternera persona, narrador omnisciente. Sabía que el comienzo era una parte importante del relato y que, como en “La dama del perrito”, a veces contenía el germen de todo el texto (pero no sabía por qué eso era importante), sabía que, a veces, en relatos de apariencia sencilla subyacían mitos primitivos. Sabía, con cierta inquietud, que a menudo el lenguaje de un relato o una novela significaban más, menos o incluso algo completamente distinto de lo que parecía, y que comprender el relato era comprender todos los significados al mismo tiempo. “Significado” era a su vez uno de esos términos, aunque nunca había estado completamente seguro de saber qué significaba.

Y sabía otras cosas. Sabía “leer como un escritor”. De eso hablábamos en nuestros talleres. Había libros que encerraban lecciones prácticas. Cosas elementales: cómo hacer que los personajes entraran y salieran con eficiencia de las distintas habitaciones de la ficción (en esto era bueno Chéjov); cómo describir de modo eficaz que estaba oscuro (otra vez Chéjov); cómo eliminar diálogos inútiles (material como: “Hola, ¿cómo está?” “Muy bien, ¿y tú?” “Bien, gracias.” “Me alegro”. “Adiós.” “Adiós”.). Aprendí que una buena táctica era poner indios –en caso de que los hubiera— cabalgando por una colina y gritando como locos. Aprendí que cuando se dudaba de qué paso dar a continuación, se hacía cruzar una puerta a un hombre con un revolver en la mano. Aprendí que no se podía salir airoso si en un relato se eliminaba el personaje principal, aunque nunca me dijeron por qué, y supongo que a Hemingway tampoco.

Reflexionaba yo sobre todas estas cuestiones prácticas. Pero en realidad no parecía que sirviera para nada enseñar a jóvenes lectores, gente para la que hacer literatura no era una elección profesional, ni leerla un hecho importante en su vida, sino que posiblemente fuera tan desagradable como una visita al dentista. Seguir adelante con la enseñanza de la literatura por este camino era como enseñar a alguien a construir un coche elegante y rápido sin permitirle previamente la sensación de hendir el aire con uno. Nunca sabría exactamente para qué sirve todo esto.

Lo que sí parecía que valía la pena enseñar era qué me hacía sentir a mí la literatura cuando leía, dejando ligeramente de lado las cuestiones de pertinencia. Después de esto, por eso deseaba yo escribir. La literatura era hermosa y buena. Tenía misterios, densidad, autoridad, capacidad de conexión, conclusión, resolución, percepción, variedad, grandeza, o, en otras palabras, valor en el sentido en que Sartre daba a este término cuando escribía: “La obra de arte es un valor porque es una llamada.” La literatura me llamaba.

Pero no tenía idea de cómo enseñar sus cualidades de llamada, cómo dar con la fuente de lo que sentía y transmitirlo. Ni siquiera sabía cuándo expresarlo con mis palabras, o si éstas eran correctas. Enseguida tuve la sensación que ser el intermediario entre una mente expectante y un excelente libro es un papel destacado y azaroso que valía la pena desempeñar. Y me imaginé sentado detrás de un escritorio metálico y mirando a los estudiantes, Madame Bovary, abierto ante mí, los pasajes subrayados, el silencio dominando cada molécula del aire inmóvil, y sin nada que decir, aunque con la certeza de que algo había que decir: “¿Qué es lo esencial del libro?” Y luego sin nada que agregar cuando llegara la respuesta correcta en la forma de una voz interior que me gritara misterio, capacidad de conexión, autoridad, conclusión, magnitud, valor.

(Richard Ford. Fragmento de “La lectura”, en Flores en las grietas. Autobiografía y literatura. Traducción de Marco Aurelio Galmarini. Barcelona, Anagrama, Col. Panorama de narrativas, 809, 2012)