jueves, 22 de diciembre de 2011

Cuatro poemas de Czeslaw Milosz


Lo que he escrito

Lo que he escrito de repente pareció
una estupidez. No podía encontrar las palabras.
Miraba el enorme mundo, palpitante,
con los codos apoyados en una barandilla.
Fluían los ríos, unos veleros surcaban las nubes,
la puesta se desvanecía. Todos los bellos países,
todas las criaturas que había deseado
entraron en el cielo con grandes lunas.
Absorto en aquellas extrañas lámparas móviles,
contaba sus arcos astrológicos,
susurraba: mundo, desaparece, piedad, me hundo.
No hay lengua que baste para la belleza.
En mí vi extensos valles
y podía, con un pie alado de bronce,
pasar sobre ellos en zancos de aire.
Pero esto, noche olvidada, se apagó.

París, 1934

Fragua

Me gustaban los fuelles movidos por una cuerda.
Quizás por una mano, o un pedal, no lo sé.
¡Pero aquel soplar, el fuego candente!
Y un trozo de hierro en el fuego, sujeto a unas tenazas.
Rojo, ya blando, listo para el yunque,
golpeado con un martillo, encorvado en herradura,
echado a un cubo de agua, un silbido y vapor.
Y los caballos, atados, que iban a herrar,
con sus crines al aire, y en la hierba cerca del río
rejas de arado, patines de trineo, rastrillos para arreglar.

En la entrada siento la era con mis pies desnudos.
Salen ráfagas ardientes; detrás de mí, las nubes.
Y miro, miro. Para esto he sido llamado:
para loar las cosas por el hecho de que existen.

No revelar

lo prohibido. Mantener el secreto.
Porque lo revelado perjudica a la gente.
Como en la infancia la habitación que da miedo
y que no nos está permitido abrir.
¿Y qué habría encontrado en esa habitación?
Algo diferente entonces, algo diferente ahora
que soy viejo y he descrito tantas veces
lo que ven los ojos.
Hasta que he llegado a  aprender que lo más indicado
es callar.

18 de noviembre de 2002

Vosotros, vencidos

Vosotros, vencidos y expulsados,
año tras año mirando la fotografía de la hacienda blanca
y de los que os acompañaban agrupados ante el porche
con ropa de verano,
perdonadme, señoritos de buenas familias,
que incluso os haya traicionado en la escuela,
al elegir una arriesgada expedición a las tierras del intelecto
donde sobre la multitud de fieles no avanza
el baldaquín del Corpus Cristi,
y las guirnaldas de hojas no adornan el interior
de la iglesia parroquial.

Tierras, yermas lunares, soledad y rabia
se muestran, con todo, necesarias
para que pueda elevar a la segunda potencia
mi región y a vosotros, mis sombras,
que acudís a mi llamada
sólo porque yo era un hombre con mácula,
excuido de las costumbres de los padres,
y destinado a otra fidelidad.

(Czeslaw Milosz. Tierra inalcanzable. Antología poética.
Traducción, selección y prólogo de Xavier Farré. Barcelona,
Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, 2011).

PARA ESTO HE SIDO LLAMADO:
PARA LOAR LAS COSAS POR EL HECHO DE QUE EXISTEN