A mala hora creí que la tensión entre él y yo había
terminado tras el desquite de Sitges, y le solté esa confidencia. Miren la
bajeza con que me respondió. Me dejó enfermo con su frase, porque uno se
defiende como puede, y porque yo creía que después de haberlo agredido en
Sitges, las cosas entre nosotros seguirían su curso natural. Pero vamos de a
pocos. Él me había noqueado en París, en uno de los peores momentos de mi vida,
y ahí en Sitges, aquella tarde primaveral, al borde del mar, cuando lo divisé
escondido detrás de una palmera, me sentía totalmente modernizado y
reconstruido. […] Qué mejor momento pues para noquear a Bryce Echenique, tú me
noqueaste allá, Alfredo, déjame noquearte aquí. […] Pero al pobre Bryce
Echenique lo encontré peor que noqueado. Estaba haciendo el ridículo en Sitges,
y no lograba salir de esa situación de puro ridículo. Vi que me hacía señas,
que me llamaba, no sé para qué me llamaba tanto si cuanto más me acercaba más
se escondía.
—Acércate, Romaña —me dijo, en voz muy baja—, ayúdame que estoy
jodido.
Lo estaba, el pobre. Había publicado una novela tan gorda
como ésta, pero titulada Un mundo para
Julius, y lo habían invitado a Barcelona porque se creía que iba a ganar un
importante premio. Pero al último minuto resulta que el importante premio lo
podían ganar un montón de escritores más, y como que empezó a perder interés su
visita. Lo cierto es que el jurado se reunía en Sitges, y que a Sitges lo
mandaron solo y de incógnito, a ver qué pasa, nunca se sabe, y él, que no sabía
ni cómo era Sitges, llegó, vio, se asustó, y trató ridículamente de esconderse
en uno de los bares, en espera del fallo, y si gano aparezco triunfal y de
casualidad, vine sólo para darme un remojón en el mar. Pero en cada bar había
ya un escritor incógnito esperando darse un remojón de casualidad en el mar.
Cada escritor incógnito tenía su propio bar y no quedaban más bares y el pobre
Bryce Echenique fue a dar a su palmera. Y juácate, ahí lo divisó nada menos que
el reconstruido y modernizado individuo que era yo. Al principio trató de
desaparecer, pero tan bruto no era: captó que yo estaba dispuesto a girar mil
veces en torno a la palmera, no pararía hasta saber qué mierda le estaba
pasando tan escondido. Acércate, Romaña, me dijo, al sentirse descubierto por
un hombre sano. Y me lo confesó todo.
—Conque de incógnito, ¿no?
—Ayúdame, hermano.
—¿Cómo? —le preguntó el campeón mundial de los pesos pesados.
Mi ayuda consistía en ir al lugar en que se hallaba reunido
el jurado, esperar a que se diera el fallo, correr hasta su palmera a
comunicárselo, y en el caso de que le fuera negativo, en prestarle mis anteojos
de sol, y en ocultarlo al máximo con el cuerpo hasta que lográramos huir.
—No te muevas, Alfredo —le dije—. Voy a ver qué pasa con el
jurado, y no bien me entere de algo, regreso corriendo. Quédate tranquilo y
bien paradito detrás de tu palmera.
Pero se la olió el muy vivo. Mi sonrisa de entera
satisfacción delataba demasiado, sin duda, y él ya había sospechado que yo era
muy capaz de no regresar. […]
Pero no regresé. Mejor para él que no regresara, pues mientras me dirigía al local en que se hallaba reunido el jurado, pensé en un desquite magistral. Sí: iba a entrar, iba a salir, al cabo de un rato, iba a correr hasta la palmera a avisarle que había ganado el premio, y Bryce Echenique iba a hacer el ridículo de su vida entrando a abrazar a medio mundo, vine sólo a darme un remojón primaveral, señores, a carcajadas lo iban a sacar a patadas del local, porque el jurado continuaba deliberando.
(Alfredo Bryce Echenique. La vida exagerada de Martín Romaña. Barcelona, Anagrama, 1981)







