VIIa
Recuerdo que viajaba mucho y pobremente, casi siempre en autobuses, a medias hermosos y casi siempre desvencijados, aunque a veces, muchas veces, hacía dedo, porque siempre confié en la bondad de los extraños, aunque a veces los extraños te hacían daño, y a veces esos mismos extraños te daban dinero o tabaco o algo de beber, había muchos desvíos y arboledas al borde del camino, y cunetas, muchas, muchas cunetas, después vinieron las rotondas y lo de dejar de hacer auto-stop y los extraños que tenían dinero o cigarrillos o te llevaban a aquellos restaurantes de carretera donde te invitaban a un bocadillo, a desayunar o a comer y a beber cerveza o licores fuertes en vasos sucios y arañados, comenzaron a desaparecer, pero de aquello apenas recuerdo nada, yo creo que nada de aquello sucedió, no lo recuerdo muy bien, la verdad, casi siempre viajaba solo, por iniciativa propia, porque sí, y porque casi siempre estaba solo, no le voy a engañar, aunque a veces encontraba a alguien por el camino, casi siempre chicas que estaban tan locas como yo, pero en un sentido que no tiene mucho sentido aquí, con quienes compartía el poco dinero que tenía o frutos que fueron frutos gracias al agua y al sol, un melocotón aterciopelado o una naranja encendida, o un puñado de almendras y frutos secos, y también estaban los ríos y las pozas y las lagunas y las piscinas donde en verano o cuando salía el sol nos bañábamos y nos abrazábamos desnudos y muertos de risa mientras nuestras bocas se llenaban de saliva con sabor a regaliz o a cerezas o a vino dulce o a mediodía o a mar ilusorio y lejano, el puro deseo y las pieles calientes, ellas han sido lo mejor de mi vida, lo más hermoso que se pueda imaginar, créame, o cuando nos invitaban a sus casas los ricos, en donde siempre estaba presente el agua y el sol, sí, pero también el dinero y lo pactado, que siempre había que cumplir, aunque estuviéramos cerca de la puerta y pudiéramos escapar, pero la pura necesidad y las ganas de vivir y al mismo tiempo las ganas de morir y de bailar sobre los caminos que traza el viento o surfeando sobre la lava inactiva de un volcán siempre nos la cerraban, y entonces dejábamos atrás los baños oscuros de las estaciones de autobuses y de las estaciones de trenes y de las gasolineras y de las estaciones de servicio donde también se podía conseguir dinero, o un refresco bien frío o una cerveza y un bocadillo, o todo eso junto, y las palabras que aprendíamos preguntando y escuchando a la gente de tanto ir de un sitio para otro, de tanto ir, como si dijéramos, de aquí para allá, o de las citas de libros más o menos inventadas o de los juegos de palabras o de las anécdotas o de las canciones que recordábamos y cantábamos o de los poemas que yo recordaba y recitaba, y entonces sus ojos y sus manos y la manera en que miraban y se miraban y me miraban se llenaban de amor y de pena y de luz, sus ojos y sus manos se llenaban de poesía, aunque a día de hoy yo creo que siempre viajamos en círculos, pero de eso le hablaré otro día, porque es un tanto complicado y a estas horas ya no tengo la cabeza para pensar tanto ni para darle tantas vueltas, valga la doble redundancia, y viajábamos juntos, y caminábamos mucho, muchísimo, en ocasiones durante todo el día, felices y extenuados, extenuados y felices, pero siempre en busca del conocimiento y de la experiencia, o qué sé yo cómo se llama eso qué perseguíamos, pero éramos felices por pura desesperación, y también, a qué no decirlo, porque casi siempre estábamos muertos de hambre, además de estar locos por viajar y por movernos y por hablar y por pura desesperación y, por qué no decirlo, porque también queríamos morir, y tal vez resucitar o tal vez no,

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