viernes, 28 de abril de 2017

Incendio


Siempre hay un incendio en los parvularios de un vecindario. Algunas veces la llama es veraz y acierta en las comisuras de la leña que quiso ser mueble. Entonces se inicia el fuego de pájaros ensañados y crepitan los cuadernos de canutillo donde una niña pudo haber escrito su porvenir. El bestiario es acorralado por la incandescencia. Nuestras mascotas de mercadillo itinerante agonizando en las cajas de cartón. El humo se afianzaba entre las plumas de los polluelos y se oía su piar de urgencia. La infancia de domingo a medio vestir se agrupaba en el jardín del juego. Niños en pijama, zapatos por el suelo, el grito de una embarazada aferrándose a una baranda de hierro y bosque. Cubos de agua, mangueras furiosas, cisternas como dragones de agua y nieve, y vecinos retándole a la suerte con sus manos de extintores inexpertos. Mientras, la infancia miraba al cielo con sus ojos de agua templada. Nuestros pies descalzos sobre la hierba doblegada, un barrizal de miedo y sombra, una intemperie tornándose alcoba o campamento de gorriones asfixiados.

(Beatriz Russo, La llama inversa, de pronta publicación)