miércoles, 7 de diciembre de 2016

El odio

(fragmento)

A Miguel Casado y Olvido García Valdés

Emergieron nombres y rostros que se mezclaron con un sentimiento, prácticamente desconocido, que es lo que le ha mantenido en pie desde entonces: el odio.

Lo único que le ha hecho continuar, seguir adelante durante todo este tiempo han sido el rencor, el resentimiento, los pensamientos ofuscados, el deseo de venganza.

El odio. El odio. El odio.

Esa ha sido, esta es hoy toda su esperanza. Su más oscura, resplandeciente primavera. Su última resurrección.

Ha aprendido a rezar.
De rodillas, en silencio, persigue convocar la tragedia.
Ha aprendido artes oscuras.
Sabe que llegará el día de la ira.
Sabrá conjurar la catástrofe.
Sabe que pasaron los días de la añoranza.
Sueña con mares muertos.
Sueña con ríos poblados de cadáveres,
recuerdos en remansos arrasados por la tempestad.

(…)

El descubrimiento, la fascinación, la cultura del odio. La única locura verdadera. Una pasión de verdad.

Sólo se arrepiente de no haber conocido ese sentimiento, ese fuerte dios pardo, con anterioridad.

El amor de su vida, lo llama, sin ninguna ironía.
Su motor, el astro sobre el cual gira todo lo que conoce, todo lo que ignora y le ignora, todo lo que conoce y desconocerá.
Así es el odio.
Inconmensurable, todopoderoso, elevado, majestuoso, abisal.
Una vez conocido, no hay marcha atrás.
Es la droga más pura, la semilla más fértil. Árbol que sólo ofrenda frutos sabrosos. La certeza más fresca, la caricia más sensual.

El odio mueve su mundo. Porque ha comprendido que es el odio lo que mueve el mundo. Donde todo movimiento tiene su principio, donde todo pensamiento no encuentra final.

Hoy vive por él, hoy vive por y para ello. Lo disimula muy bien. Hoy sabe que es por él –por ello, por sí mismo-- que no está muerto.

Que no morirá.


(Fernando Nombela. En esta luz nosotros. Madrid, Tigres de Papel, 2014)