lunes, 27 de julio de 2015

No mueras sin laberinto o El oficio de perder


Pero, por ahora, dejemos esto del autismo. Ya volveré sobre esa locura, como también volveré a ese miedo que, en ciertas caliginosas noches albinas me asalta: el miedo de no ser el autor de textos ininteligibles. Y ¡cómo no voy a volver sobre esto! Tengo que volver sobre esto, ya que en la Playa Albina donde vivo, sólo se vive bajo el ruido de las máquinas cortadoras del césped, o se vive bajo la musiquita de un carrito de helados que conduce un nicaragüense, o se vive, sobre todo, bajo el temor de caer para siempre en un autismo maldito.

(…)

Hace un tiempo que, como un médium, estoy oyendo estas sibilinas palabras: No mueras sin Laberinto. ¿Qué querrá decir eso?

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Soy un viejo que se ha propuesto un lema: No mueras sin laberinto.

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Pero yo era un niño hiper-sensible.
Un niño con un karma. Un karma que tenía la neurosis y el oficio de perder.

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Fue el miedo. El miedo comenzó con el agua, con la humedad de la orina, con la fiebre, en las noches de la infancia.

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La edad de barro para no morir sin Laberinto, para escribir unas memorias. La edad de la pierna derecha.

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Meterme de lleno en un Laberinto. Tirarme en el Laberinto, sin enredarme con preguntas que no pueda contestar. Pero sé que lo que me propongo es bastante difícil. Sin embargo, debo ordenar, debo ordenarme.

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Hablar de un oficio, hablar de cualquier oficio, y sobre todo hablar del oficio de perder, es hablar del heroísmo.
Antes que nada el héroe, se aprende un oficio para ser el héroe.
Así como, cuando se quiere levantar un Laberinto, es que se quiere saber lo que tiene por dentro el heroísmo.
Desde niño quise aprender el oficio de perder, pero es que desde entonces ya quería ser héroe.
Fui, como todos los niños, un narcisista, y como todos los niños narcisistas tuve una vocación heroica.

(…)

Así como también el síntoma ha sido una de las alternativas de mi oficio de perder que, en la medida de lo posible, he tratado de aprovechar. Pues ya trataré de mostrar en las páginas de este relato, como mi vida se ha debatido entre momentos creativos (momentos en que se ha hecho posible que irrumpa mi abigarrado sentimiento heroico de la infancia), y tiempos en que, pese a la tremenda presión de la angustia neurótica, he tratado de extraer de mi síntoma bien un reverso, o bien hasta lo minucioso de una delirante Cajita soñada.

En fin, que he tenido mi batalla con el heroísmo, y aunque quizá disparatadamente, he hecho lo que he podido.

La cosa fue bastante difícil.

Pero aquí estoy.

(Lorenzo García Vega. El oficio de perder. Memorias. Prólogo de Antonio José Ponte. Sevilla, Ediciones Espuela de Plata, 2005)