viernes, 29 de febrero de 2008

Balthus o del amor a los gatos y las niñas

Hoy, que es el día más extraño, infantil y felino del calendario, se cumple el centenario del nacimiento feliz de Michael Baltasar Klossowski de Rola, a quien Rainer Maria Rilke rebautizó para siempre con el nombre de Balthus.
Le dije a la belleza,
tómame en tus brazos
de silencio.

(Louis Aragon)
I
Por eso me gusta la gracia esquiva de mis gatos y a menudo los he colocado en el centro de mis cuadros. Siempre he mantenido con ellos una relación particular, de predilección. En mi infancia mis amiguitos me llamaban “el niño de los gatos”. Se diría que mi vida se ha situado bajo su signo. Cuando tenía seis años dibujé una serie de imágenes con tinta china para contar la historia de Mitsou, un gatito al que había perdido y cuya pérdida había sentido muchísimo. Era como una historieta sin palabras, pero muy expresiva. Una pequeña epopeya que contaba la adopción y la desaparición. Mitsou era muy rebelde y se escapaba a las primeras de cambio. Pero su última huida fue definitiva: nunca volví a verle. De modo que pintar la historia de Mitsou era un modo de eternizar esa amistad, un modo de conservar un momento. ¿Acaso no era ya una forma sucinta de arte? Dibujé las etapas de mi vida con él: en un tren, con mi madre, en nuestra casa, en la escalera, en la cocina, en el jardín, me dibujé alcanzándole una pelota que él intentaba coger, había un Mitsou espantado de la mesa por haber robado un trozo de pan, Mitsou en la cama conmigo, acurrucado bajo el edredón, o admirando con toda la familia el árbol de Navidad iluminado. Luego los dibujos se depuraron para dar paso a la pena, me dibujaba buscando a Mitsou por todas partes, en la bodega, en las calles vacías, y la última imagen me representaba llorando con lagrimones negros.
II
También ha sido constante esa búsqueda en todos mis dibujos. No creo que haya disciplina más exigente que las variaciones sobre las caras, las posturas de mis niñas soñando, porque se trata de volver a encontrar, con la caricia del dibujo, esa gracia de la infancia que se esfuma tan pronto y de la que se guarda para siempre el recuerdo inconsolable. Apresar esa dulzura, hacer que la mina de plomo recupere en la horas las niñas, Natalie de Noailles, Michelena, Katia, Sabine, Frédérique o más recientemente Anna. Lo que estaba en juego durante las largas sesiones de las modelos eran apuestas del alma, la inocencia del espíritu, lo que aún no se había alcanzado, que venía del principio de los tiempos y había que mantener a toda costa. Hay algo musical en este proceso, sopesar los silencios en una partitura, tan sensible en Schubert, por ejemplo, o cuando Mozart se deja de fantasías y se adentra en lo grave para llegar así al secreto, al “paraíso de esplendores desaparecidos” del que habla Lewis Carrol en “A través del espejo”. No hay nada más arriesgado ni más difícil de hacer que reproducir la claridad de una mirada, el terciopelo casi imperceptible de una mejilla, la presencia de una emoción que se advierte en la mezcla de pesadez y ligereza de los labios. Es al equilibrio milagrosamente musical de los rostros de mis jóvenes modelos adonde he querido llegar. En realidad mi meta no fue tanto el cuerpo, o el parecido de los rasgos, cuanto lo que estaba más allá o más acá de sus cuerpos o de sus rasgos, en su noche o su silencio. El carboncillo puede dar todo eso, la gracia entrevista, la plegaria. Por eso todavía me indignan las interpretaciones estúpidas según las cuales mis niñas proceden de una imaginación erótica. Decir eso es no entenderlas, lo que me preocupa es su lenta transformación del estado de ángel al estado de niña, poder captar ese instante de lo que podría llamarse pasaje.

(Balthus. Memorias. Edición de Alain Vircondelet.
Trad. de Juan Vivanco. Barcelona , Lumen, 2002).